El otro día entré por primera vez en Lucio. Los últimos años suelo celebrar mis cumpleaños en sitios para gourmets del siglo XX, cuando todavía no se esferificaban las patatas. Hace un par de años me fui a Botín a tomar un cordero, este año fuimos a Lucio y el año que viene tengo pensado ir a Casa Ciriaco, sitio al que suelo ir a tomar cañas pero donde todavía no he probado su gallina en pepitoria.

Es tan espectacular Lucio, su servicio es tan excelente y humano, con el propio Lucio dando vueltas por ahí, que cuesta creerlo. Aunque lo más increíble son los sabores puros de la comida que te ponen, ya sean sus míticos huevos rotos o el pisto o las carnes del plato principal. Sin olvidarnos de su arroz con leche o flan. Se me saltaban las lágrimas cuando el camarero recitaba los postres, era pura belleza, sin ninguna concesión frívola.
Probar los platos preparados en Casa Lucio le hace a uno sentirse vivo y creer que todavía no está perdida la batalla contra la avalancha cursi de la nueva cocina. Larga vida a Lucio.
Los conocidos por su nombre de pila te hacen unos huevos rotos con sabor y forma de huevos rotos, o una tortilla con forma y sabor de tortilla, o un cochinillo con todas las letras; los posmodernos como
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