Hace unos días Manuel Gago colgó en su blog Capítulo 0 un post sobre una cata de gaseosas gallegas que hizo con unos colegas. Un vídeo espectacular en el que incluso decantan una gaseosa que tenía uno de ellos en una bodega. Hacen toda la tontorrona parafernalia de las catas de vino, que con gaseosa es mucho más divertida, añadiéndole el escuchar el sonido de las burbujas de las gasesosas. Aunque falta la gaseosa que más he bebido en mi vida, la Gaseosa Santa Tecla, que nos compraba mi abuela de pequeños y que todavía se fabrica -y la naranjada, que es la mejor del mundo-, el post, por su sentido del humor, merece un gran aplauso.
Lo mejor, cuando al final echan a la gaseosa vino de mesa para mejorarlo. El primer post de Antigourmet iba sobre el vino con gaseosa, y realmente nos ha emocionado encontrar este post, el mejor posible para despedir este año 2009.
Hay tantas formas de referirse al vino como niveles de cultura enológica existen, llegándose a una apoteosis de la metonimia que a veces hace pensar que los españoles sabemos gramática. Estos son algunos ejemplos:
- “Manolo, ponme un vino“. Llamar al pan pan y al vino vino. Y que pongan lo que sea. Clásico entre los clásicos. Llamar vino al vino queda ya reservado a las personas normales, a los que nunca hemos hecho un curso de cata.
- “Manolo, ponme un blanco“. División más sencilla del vino, blanco, tinto y, para las chicas, rosado. Fuera dejamos espumosos y dulces.
- “Manolo, ponme un crianza“. Usar crianza, reserva, gran reserva y demás clasificaciones de vino se usa en un primer estadio de cultura enológica. Una vez realizados un par de cursos de cata, uno queda como un indocumentado si se refiere así a un vino.
¿No se han dado cuenta los científicos de lo que hacen? ¿Cómo vamos a dejar de disfrutar viendo a tantos y tantos colegas de pelo menguante -otro día hablaremos del machismo en el mundo del vino- revolviendo el vino como autómatas, haciéndose enjuagues como mi madre con el Flúor-Kin y olisqueando una copa gigante de vino como si fueran ardillas para luego pensar medio minuto y decir de carrerilla “sabe a nogal, pera, limón, caramelo, arcilla, Fantasmiko de lima, viento de lluvia y napalm con un poco de contrachapado, rosa, lirio, brazo de gitano y hierba recién cortada”?
De todos modos, quiero una lengua electrónica, la necesito.
Nota: Imagen del artículo, en html en el enlace de arriba (¡Vaya pinta más rarita que tiene el aparato!).
El dolor de cabeza que ya me provoca la fantástica y sanísima polémica cocinera provocada por Santi Santamaría, de la que ya hablan en todo el mundo, y el trancazo que he cogido en estos días finales de este mayo tan recalcitrantemente anticalentamiento global -qué mes más reaccionario- me han hecho ingerir diferentes medicamentos que, lamentablemente, no han hecho ningún efecto, y me han hecho pensar en los sabores de las medicinas. El que más me gusta es el Frenadol.
Me gustaría que hubiera catas de medicamentos; sería muy políticamente incorrecto, pero sería divertido probar y hablar del sabor de las diferentes aspirinas y derivados. Aunque, cuando se tiene un buen resfriado casi se carece de sabor, y sería complicado distinguir unos de otros.
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