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Vocabulario enológico (I): Modos de referirse al vino

Hay tantas formas de referirse al vino como niveles de cultura enológica existen, llegándose a una apoteosis de la metonimia que a veces hace pensar que los españoles sabemos gramática. Estos son algunos ejemplos:

- “Manolo, ponme un vino. Llamar al pan pan y al vino vino. Y que pongan lo que sea. Clásico entre los clásicos. Llamar vino al vino queda ya reservado a las personas normales, a los que nunca hemos hecho un curso de cata.

- “Manolo, ponme un blanco. División más sencilla del vino, blanco, tinto y, para las chicas, rosado. Fuera dejamos espumosos y dulces.

- “Manolo, ponme un crianza. Usar crianza, reserva, gran reserva y demás clasificaciones de vino se usa en un primer estadio de cultura enológica. Una vez realizados un par de cursos de cata, uno queda como un indocumentado si se refiere así a un vino.

- “Manolo, ponme un rioja. El referirse ya a las denominaciones de origen denota ya un poco de control, aunque si el vocabulario se reduce solamente a Rioja y Ribera no llama tanto la atención como si dices Somontano.

- “Manolo, ponme un Protos. Saltar de la denominación a la marca es importante, uno queda mucho mejor, que es de lo que se trata.

- “Manolo, ponme un tempranillo. Otra de las divisiones, muy en boga actualmente, es decir el tipo de uva del que se hace el vino. En estos casos el que pronuncia el tipo de uva queda como un campeón, siendo casi el nivel más alto de cultura que puede haber. De cualquier modo, si en vez de tempranillo dices syrah, es que has llegado a la cumbre del saber.

- “Manolo, ponme un 73. En este caso sería añadir el año al nombre o denominación del vino, porque así sólo, queda un poco rarito. Pero la añada es un complemento estupendo para hablar de vino, aunque te inventes el número de la cosecha.

- “Manolo, ponme un caldo“. Evidentemente, aquí te traerían un consomé o algo similar, pero caldo es la acepción más cursi del vino, y por tanto usada por nuevos ricos, como constructores, futbolistas o, en resumen, dueños de un cuatro por cuatro.

Estimados lectores y seguidores de Antigourmet, ¿en qué nivel de cultura enológica se hallan ustedes? ¿Distinguirían el blanco del tinto en una cata a ciegas? Respondan, y dejemos descansar a Manolo.

Quiero una lengua electrónica

Maldita ciencia. Resulta que unos investigadores del Instituto de Microelectrónica de Barcelona han construido un catador electrónico con el que dando a un simple botón sabrás la uva y la añada de un vino, según publica The Analyst en el artículo “Electronic integrated multisensor tongue applied to grape juice and wine analysis”. Ah, también vale para mosto. Qué versátil.

¿No se han dado cuenta los científicos de lo que hacen? ¿Cómo vamos a dejar de disfrutar viendo a tantos y tantos colegas de pelo menguante -otro día hablaremos del machismo en el mundo del vino- revolviendo el vino como autómatas, haciéndose enjuagues como mi madre con el Flúor-Kin y olisqueando una copa gigante de vino como si fueran ardillas para luego pensar medio minuto y decir de carrerilla “sabe a nogal, pera, limón, caramelo, arcilla, Fantasmiko de lima, viento de lluvia y napalm con un poco de contrachapado, rosa, lirio, brazo de gitano y hierba recién cortada”?

De todos modos, quiero una lengua electrónica, la necesito.

Nota: Imagen del artículo, en html en el enlace de arriba (¡Vaya pinta más rarita que tiene el aparato!).

El sabor de las medicinas

El dolor de cabeza que ya me provoca la fantástica y sanísima polémica cocinera provocada por Santi Santamaría, de la que ya hablan en todo el mundo, y el trancazo que he cogido en estos días finales de este mayo tan recalcitrantemente anticalentamiento global -qué mes más reaccionario- me han hecho ingerir diferentes medicamentos que, lamentablemente, no han hecho ningún efecto, y me han hecho pensar en los sabores de las medicinas. El que más me gusta es el Frenadol.

Me gustaría que hubiera catas de medicamentos; sería muy políticamente incorrecto, pero sería divertido probar y hablar del sabor de las diferentes aspirinas y derivados. Aunque, cuando se tiene un buen resfriado casi se carece de sabor, y sería complicado distinguir unos de otros.