Archivo de la Categoría 'restaurantes'

Antigourmet en Austria-Hungría

Nuestro padrecito

Pandemolde transfigurado

Como decíamos ayer, el mundo está hecho un cagarro y algunos se han labrado un futuro sirviéndolo en platos cuadrados. Así que, dado que no nos gusta lo que vemos, nos hemos largado por ahí a recordar cómo eran los tiempos en nuestros años mozos; cómo eran Bohemia, Moravia, la Bucovina, la otra Galicia (eSedidió, cuéntanos qué relación hay, que nos intriga) y todos esos rincones que dejaron de existir poco después de que estirara la pata el marido de Sisí. Ahora volvemos de nuestra anábasis y, como nos sentimos derrotados, pasamos un Imperio de comentar las confesiones de Adriá, su destronamiento a manos del Restaurante de la Pradera ese que hay en Copenague, los restaurantes a ciegas o el sushi mediterráneo. Más nos apetecería glosar un titular como “Cantimpalos celebra dos años de chorizo con pedigrí“, pero si somos sinceros no tenemos redaños para leer la noticia que puede seguir a semejante encabezado. Aun así, bien por Cantimpalos. Y otro día publicaremos parte del poema épico dedicado al chorizo de Pamplona que pandemolde está escribiendo desde hace una vida.

Evidentemente, nada más poner los pies en Budapest nos fuimos a cenar al Marquis de Salade; un restaurante azerbaiyano con semejante nombre cumple todos los requisitos y alguno más para satisfacer al antigourmetita más exigente. Corderos de tamaño pleistocénico sumergidos en un baño de yogur, algún guisote servido a una temperatura volcánica y una ensalada de pepino, para disimular y porque en el fondo nos daba reparo no hacer honor al nombre del local, nos dejaron bien satisfechos. Ni rastro de fuá y tres hurras por el Marquis de Salade.

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El gran rey Laszlo, ganándose la santidad

¡Ah, la Gran Hungría!. ¿Qué mejor que contemplar los frescos de la Iglesia de San Matías, donde no cabe un sólo rey santo más atravesando a un turco con una pica, justo antes de atizarse un canónico strogonoff acompañado de un gran vino tinto húngaro y todo servido por un camarero cuyo mejor recuerdo de España es el Loro Parque de Tenerife?. Volveremos. (El strogonoff y un estupendo guiso de venado en Pierrot; todo magnífico pero a precios imperiales).

En Praga el ambiente está más prostituido y si uno se empeña seguro que acaba encontrando un gastrobar. “Cerveza, Skoda and tourism, dats all we haf in dis countrrry”, nos dijeron. Modestia de la buena, aprende Pep, porque sólo la Catedral de San Vito es para caerse de culo. Para cenar, a U Fleku. ¿Por qué?. Porque lo nombran en “Las aventuras del buen soldado Svejk“, uno de los libros de cabecera de quien esto suscribe. También supimos de la existencia de un local llamado El Cáliz, pero dudamos que sea el original, el que aparece en el primer capítulo y cuyo tabernero es arrestado porque las moscas se cagaban en el retrato del Emperador. ¡Bien hecho!. En U Fleku tomarás salchichas, cerveza y Becherovka, un licor del que siendo muy generosos podríamos decir que su sabor recuerda a una loción de afeitar barata. Lo mejor: hay tantos españoles que los camareros ya tocan sin cesar y con ejemplar virtuosismo una versión para tres acordeones del “Clavelitos“. Puro antigourmet. Así, no es de extrañar que el recién llegado que se sentó junto a nosotros acompañado por su pareja, después de mirar a diestra y siniestra hacia los platos de pollo trinchado con puñales, hacia las jarras rebosantes de espumeante cerveza negra que eran hábilmente transportadas de diez en diez por encima de todas esas ibéricas cabezas, hacia el coro de acordeones y el espontáneo conjunto flamenco que se empezaba a formar entre las mesas corridas, exclamara al tiempo que se le dibujaba una expresión de felicidad extática en la cara:

- ¡Este sitio es cojonudo!

Aprende a montar un local, Arola.

Svejk, dándole un puntapié en el orto a Sergi Arola

Svejk, dándole un puntapié en el orto a Sergi Arola

Quique Dacosta fastidiando la Copa América

Quique Dacosta descongelando un kilo de palitos de cangrejo

Quique Dacosta descongelando un kilo de palitos de cangrejo

Pobres marineros, todo el día dale que te pego subiendo y bajando cuerdas, recogiendo velas y poniendo posturitas para que les hagan fotos y llegan a puerto y se tienen que tomar un cubalibre de foie, ostras esenciales al pesto de algas y arroz gelificado en caldo de anguilas ahumadas… Qué ascazo, colega. Así que tendrán que llevarse en cada regata una mochila llena de Conchas Codan para poder inflarse bien y no tomar nada en bar llamado Hospitality (que menudo nombrecito para el bar), reservado a los participantes en la regata.

Luego, para los mortales, el bueno de Quique Dacosta, elegido como cocinero de la 33 Copa América, y a quien visitamos y lo contamos en dos post el año pasado (1, y 2), ha abierto otro bar, el Foredeck, donde ofrecerá cenas a 120 boniatos la gracia. Y, ya para los apestados en sandalias, otro bar, el Gastro-Bar-Lounge (ganador al peor nombre de bar del siglo XXI) donde, en hirientes palabras de El Aderezo, de quien cogemos toda la info, “se servirá un menú popular de 22€ consistente en ocho tapas de alta cocina”, menú que según leemos en el blog Dame pan y dime tonto es un poco bastante castaña.

Imagen de Con mucha gula.

¿Qué fue de los cinco tenedores?

El otro día pillé Lhardy cerrado y no pude tomarme su típico consomé, que con el frío que hacía hubiera sido salvador, y me fijé que en la fachada tiene una placa con cinco tenedores. ¿Sigue existiendo esta valoración para los restaurantes o la maldita Guía Michelin ha acabado con cualquier otra clasificación?

Buscando un poco por internet veo que en Baleares sigue vigente (Decreto nº 2/1992, de 16 de enero, de regulación de la oferta turística complementaria), pero suena superrancio -y muy Antigourmet- tener un restaurante con tenedores en la puerta. Lo mejor del decreto balear es que también clasifica a los bares, con una, dos o tres copas (de brandy, imagino), y las cafeterías con tazas.

Por otro lado, en unos apuntes colgados en Monografías.com, encuentro lo que tiene que tener un restaurante para tener cinco tenedores, casi todas cosas magníficas como “Servicios sanitarios con instalaciones de lujo, independientes para damas y caballeros” (estos no se han enterado de la moda de los baños unisex), “Decoración en armonía con el rango del establecimiento” (sin duda lo mejor, ya que anula todos los restaurantes chinos de un plumazo), “Teléfono en cabinas aisladas y teléfono inalámbrico para el servicio al cliente” (teléfono en cabinas aisladas, para jugar a las pelis de Doris Day, qué útil) o “Personal debidamente uniformado” (esto es, en la actualidad, ir de negro riguroso y con cara de pocos amigos).

No recuerdo haber visto ningún sitio con menos de veinte años con una placa con tenedores en la puerta, ¿quién entrega estas placas, alguna asociación gastronómica o la de los Amigos de la Capa?

Imagen de Aminus3.

El hediondo rastro del foie

El martes pasado José Ramón Márquez publicaba en Salmonetes Ya No Nos Quedan un pequeño texto sobre su visita a los mosaicos de Carranque (abajo, en la imagen). Al terminar la visita se fueron a comer, como hay que hacer siempre tras hacer cualquier “cosa” cultural, y esto dice cuando le propusieron ir a El Bohío:

“Es que El Bohío tiene o tuvo una estrella de Michelín y eso es una mala cosa. Significa que nos harán reverencias al entrar y salir, que nos venderán el vino como si fuese perfume y que más pronto o más tarde aparecerán en nuestros platos los inventitos y el hediondo rastro del foie. Busquemos un local honrado, donde no se nos reverencie tanto, que a fin de cuentas somos personas comunes.”

Y se fueron a un bar llamado Restaurante Carranque, donde comieron una comida normal. El texto termina con una frase genial sobre el sitio donde comieron, frase que califica al restaurante como un perfecto local Antigourmet:

“Como es natural, no admiten tarjetas.”

Tras hacer una excursión una mañana de fin de semana no puede uno meterse a comer en un sitio donde en el menú solamente comprenda las conjunciones, hay que ir a un sitio clásico, donde haya unas cuantas familias con niños gritones tomando filetes empanados con patatas, para poder charlar sin miedo sobre las piedras que has ido a ver, mientras en la tele está el tenis o las carreras de coches. Todos los sitios que no admiten tarjetas cumplen estos sencillos requisitos para poder disfrutar de una gran comida.

Textos de Salmonetes Ya No Nos Quedan e imagen de CulturaClásica.com.

Tomadura de pelo

Retrato del artista adolescente

Retrato del artista adolescente

Siempre me ha llamado la atención el bombo que le damos al hecho de que una revista publicada en Gran Bretaña, un país cuya gastronomía siempre hemos despreciado, haya nombrado a El Bulli como mejor restaurante del mundo. Ya que se va a despedir de nosotros durante dos años, nosotros nos despedimos de Adriá a lo grande y le dedicamos dos entradas seguidas. Podríamos pretender que el cierre de  El Bulli es la Gran Victoria de Antigourmet a partir de la cual se derrumbarán la cocina molecular y los menús desgutación, algo así como nuestro Marne o nuestro Stalingrado; pero vistas las reacciones que ha despertado la nueva maniobra de Adriá, más bien diría que hemos caído en la trampa de Tannenberg, o puede que nos estemos retirando a duras penas hacia Dunkerke. Varias cosas son las que han hecho que estos días haya cundido la más absoluta desmoralización en Antigourmet, pues nos hacen sentir que estamos muy solos. Para levantarnos el ánimo, nos pueden enviar jamones de Guijuelo.

Adriá cierra su restaurante, seguramente porque como a todo quisqui no le salen los números ni los brotes verdes, y resulta que es un genio. Si fuera la mitad de listo que Adriá, Gerardo Díaz Ferrán habría declarado que cerraba Air Comet para sentarse a pensar en su laboratorio de ideas cómo reinventar el concepto de aeroplano y en vez de merecidísimas tortas le estarían lloviendo alabanzas. Al parecer (El Mundo, 27-01-10, p.40) en el Bulli trabajan 47 cocineros, aparte del personal de sala. Asimismo (mismo periódico, mismo número, p.41) Adriá declara que generosamente asegura “el futuro del núcleo duro, unas siete u ocho personas que están en nuestro equipo“. ¿Lo vas cogiendo, Gerardo?.

Durante estos dos días, en radio, televisión y prensa escrita, no se ha tenido ningún reparo a la hora de definir a Adriá como artista o científico. Suponemos que la comunidad científica se habrá sentido sumamente halagada por ello y desde ya mismo se esté pensando en otorgarle a Ferrán Adriá el premio Nobel de Física, el de Química y el de Medicina. Por qué no, si Obama se ha llevado el de la Paz y García Márquez el de Literatura. Salvador Sostres, en una columna del número de El Mundo anteriormente citado, asegura que “el reto que Ferrán Adrià se propone es el de más vigor intelectual y artístico que es posible afrontar en nuestros tiempos, puesto que es Adrià el genio vivo más importante de esta era. En ninguna disciplina artística hay ningún talento capaz de revolucionar su género, estética y su concepto de un modo tan hondo como Ferrán lo ha hecho con la cocina y en general con la gastronomía”. Mal va el Arte, aunque yo me pregunto: ¿Es Arte asar un pollo? ¿Y asar un pollo de corral? ¿Y hacer un escabeche de pollo y servirlo con una ventresca de caballa?. Tengo dudas, pero Sostres no: para él lo tercero, que es uno de los platos de Adriá, es Arte, y por tanto postulamos que los dos primeros también lo son. Sigo con Sostres: “Lejos del efectismo y de la parodia, de la extravagancia y de la pomposidad y de cualquier estrategia comercial, Adriá asume una vez más con seriedad y discreción su intenso compromiso con su obra y guardará dos años de silencio para volver a hablar como nadie antes lo haya hecho”.

En Antigourmet estamos sumidos en un mar de dudas. Tal vez estemos equivocados. Quizás no sea efectista anunciar el cierre de El Bulli en pleno congreso de Madrid Fusión, ni una extravagancia el querer reinventar el concepto de restaurante. Y puede que sea discreto convocar una rueda de prensa a la que acuden 200 periodistas para anunciarlo, y falto de pomposidad el publicar un DVD de 10 horas para contar la historia de un restaurante (”El Bulli, historia de un sueño). Y no parece indicativo de una estrategia comercial el que el socio de Adriá, Juli Soler, se frote las manos pensando en “el morbo que dará a todo el mundo saber qué pasará en 2012 y 2014“. Y como remate es verdad que Adriá se despide en la entrevista muy seriamente con un “que siga el rock and roll“.

No sé, Ferrán… ¿Es Coldplay rock and roll

Zaragoza: Un chino y Casa Pascualillo

Este sábado me planté en Zaragoza para conocer a un bebé y por la noche bajé con el padre a comprar cena, atravesamos ese bulevar ahora convertido en río para ir a La Mostaza a por unos bocatas -que no conozco y me decían que eran buenísimos- y cierra los sábados, por el morro, el día de más gente en la calle. Así que cogimos el típico papelito en tinta azul de un chino y para pensar nos fuimos a tomar unas cañas, vimos el segundo tiempo del partido del Madrid, luego pedimos la cena a la china y mientras esperamos nos tomamos un mojito espantoso en un bar cercano con camareras de delantera comparable a la del Madrid. Tras una pequeña polémica con los chinos, que nos querían cobrar doce euros de más, fuimos a casa a cenar. Qué asco de cena, los rollitos parecían hechos de cuero, cocinados en la guantera de un Ford Fiesta, una ternera hecha de un monedero de abuelo y unas especie de albóndigas que prefiero no comentar. El pollo y el arroz, como siempre, bien. Los retortijones nocturnos, también, de primera. Hasta el año que viene no tomo otra vez telechino.

El domingo paseíto con el bebé, más buena que el pan, y a Casa Pascualillo a por ese ternasco de moda. Faltaron los comensales antigourmetianos que estuvieron conmigo en El Fuelle en mi pasada visita -los muy canallas se fueron a Casa Royo, mi próxima víctima-, y les echamos de menos, pero lo pasamos muy bien. El ternasco, las costillas, la carrillera, el marino de postre, las habitas, todo estaba muy rico y lo sirvieron rápido -quizá por miedo a que el bebé activara la sirena del hambre y vaciáramos el local. Lo mejor, algo que hizo que una lágrima asomara a mi rostro, fue que pedimos una botella de vino y la camarera la abrió delante de nosotros y la dejó encima de la mesa, sin que nos obligara a probarla, sin ninguna parafernalia cursi, simplemente le pedimos una botella de vino y nos la trajo, algo que ya no se estila. Un diez para Casa Pascualillo.

Imagen de RedAragón.

A ciegas en el restaurante

A través del Facebook nos avisa nuestro colega Xesco Bueno de Gastromimix de la inauguración en Barcelona de un restaurante que te sirve la comida a ciegas.

Como todo lo que hace cien años decía Ramón se cumple, aquello de que este “vano mundo, el mundo que morirá de un apagón” comienza a suceder. Campañas inquisitoriales de ahorro energético, peticiones de los astrónomos de reducción de iluminación en las ciudades para que ellos puedan ver una estrella en el cielo y ahora un restaurante que te da la comida a oscuras servido por camareros ciegos.

Como no quiero acabar como Fernando Vidal Olmos habrá que centrarse en el hecho de que se abra un local -que esto no es un restaurante- donde pruebas comidas con el sentido de la vista limitado. El esnobismo cateto y trasnochado de hacer de comer un espectáculo parece que está de moda, colocando a la gastronomía a la misma altura del cine actual, que no es más que un espectáculo de barraca de feria. Tantos años de técnica y evolución para acabar de nuevo al lado de la mujer barbuda.

Noticia de La Vanguardia vía Facebook.

Ataque a las Estrellas Michelin

La encomiable labor social de este nada humilde blog poco a poco va dando su fruto. El 17 de agosto de 2009 publicamos el “Teorema del Fua”, fórmula matemática por la cual el número de Estrellas Michelin que logra un bar es directamente proporcional al número de platos con fua que ofrece, y este teorema va cuajando en la comunidad científica internacional, como pudimos leer este sábado en el taurino y futbolero blog Salmonetes ya no nos quedan, que escribe el columnista de ABC Ignacio Ruiz Quintano, en el post “Brindemos por Bibendum con unos Minutejos”, escrito en este caso por José Ramón Márquez, en el que, además de mandar un buen directo al chaval de DiverXO, del que hablamos aquí hace poco (ver “David Muñoz (DiverXO), empresario de la década”), aplica y amplía el Teorema del Fua. Leamos:

“Gracias, Bibendum. Muchas gracias de nuevo. Con sus estrellas, Bibendum y su empresa de neumáticos nos iluminan. Una estrella, ve con mucho cuidado, que a la primera de cambio te echan un maridaje. Dos estrellas, ojito, ojito, que a la vuelta de la esquina salta el nitrógeno. Tres estrellas, huye porque te van a echar más foie del que tu hígado podrá soportar. Una, dos o tres, da igual en algo: se esforzarán porque tu Visa quede exhausta.

La novedad de este año es que el simpático Bibendum le ha dado una de sus estrellitas a un artista que lleva toda la pinta de los antisistema, con pendientes de esos negros y gordos incluidos. ¿Aceptará la American Express en su casa el artista u obligará a su delicada clientela a llevar carretillas llenas de asquerosos billetes capitalistas para pagar sus facturas?

¿Se imaginan que uno de estos artistas hubiese inventado los Minutejos? Sería gracioso el nombre que le habrían puesto. Vayamos prestos a Antonio Leyva, pidamos seis delicados Minutejos con una caña de cerveza y brindemos por Bibendum.”

Qué bueno. Sobran comentarios. Suscribimos cada palabra. Resumen:

  • Una estrella = Maridaje
  • Dos estrellas = Plato con nitrógeno
  • Tres estrellas = Sobredosis de fua

Imagen de Directo al paladar. Texto de Salmonetes ya no nos quedan.

Zaragoza: Smouk y El Fuelle

El finde pasado estuve por Zaragoza viendo a unos amigos y fuimos a dos sitios totalmente opuestos, gourmet y antigourmet, aunque con comida bastante buena los dos.

El viernes cenamos en Smouk, al lado del gigantesco Pilar, y uno, al entrar, ya sabía lo que iba a tomar, de qué iba la cosa: Local moderno, paredes negras, camarero rapado y con gafas y con camisa negra, platos cuadrados y servilletas negras. Teníamos reserva arriba, que abajo no quedaba sitio. Apretados y subidos en taburetes, una rubia tiabuena haciendo un show en la barra con unas amigas murciélago para que todo el mundo la viera y un disco de Norah Jones sonando durante toda la velada fueron lo peor. Lo mejor, la compañía, claro, los risottos que nos tomamos, el tiramisú de postre y los dos mojitos superdensos de fin de fiesta.

Tras pasar todo el sábado en Gallocanta viendo grullas, el domingo quedamos para comer en El Fuelle, clasiquísimo local donde los haya. Al igual que en Smouk, todo estaba claro nada más pasar la puerta. Paredes blancas repletas de adornos raros (guadañas, triciclos, cencerros, etc.), manteles de cuadros, (miles de) camareros de blanco y con faja, jotas de fondo bajísimas (gracias a Dios), platos redondos y blancos, y comidas con nombre corto. Prohibido el fua. Lo mejor volvió a ser la compañía, no podía ser de otro modo, y las risas que nos echamos con un chavalito que comía con su familia y tenía la resaca más grande de la historia. Monumentales las migas, el ternasco, la morcilla, el melocotón con vino, y todo en general.

Es curioso que uno sepa perfectamente lo que va a comer viendo la decoración de un local.

Imagen de 11870.

David Muñoz (DiverXO), empresario de la década.

David Muñoz (foto: www.horecadigital.com)

David Muñoz (foto: www.horecadigital.com)

Que la tontería se extiende y parece imparable es algo que salta a la vista de quien quiera abrir y leer el suplemento de fin de semana de cualquier periódico. Cursos de cata de aguas, tiendas especializadas en panes de colores, universidades para cocineros y otras tonterías que, como ya hemos dicho muchas veces, sirven para que inflemos nuestro ego creyendo que somos muy cultos porque vamos a comer a restaurantes en los que comerte una uva pocha te cuesta un potosí. El pasado viernes, en Metrópoli, se publicó una reseña del restaurante DiverXO y una entrevista con su fundador, el cocinero David Muñoz.

Hoy, la verdad, no me apetece seguir la línea habitual de poner a parir los platos que sirven guiándome por su nombre, por muy mala pinta que tengan; pueden ustedes leer la reseña y la entrevista anteriormente mencionadas y se les pondrán los pelos de punta. De todos modos, por si tenemos que defendernos de algo, en su día iremos a DiverXO, nos clavaremos el menú más largo que tengan y les contaremos si nos salió un tercer ojo en la teta derecha. Pero les puedo asegurar que aunque nos parezca que la “gamba frita al revés con salsa yuzu” esté riquísima, su nombre nos seguirá dando mucha risa.

David Muñoz asegura en la entrevista que en DiverXO está todo muy pensado y que tiene una respuesta para todo; sin embargo, en lo que respecta a la entrevista, este chico no le dio muchas vueltas a las respuestas. Aparte de que le saquemos punta a cosas como que lo definan como “viajero”, para a continuación presumir de no ausentarse nunca de su cocina; o la tontería de asegurar que su cocina es ”inexplicable como los dibujos animados” (cuando quieras vemos juntos un episodio de Tom y Jerry y te lo explico); o su definición de DiverXO como “informal y directo; no es estirado, ni  altivo, ni distante. Yo nunca seré así”, para cuatro párrafos más abajo confesar (o más bien llevar a gala, con mucha , ejem, altivez) que  ”[dicen que] soy cabezota, respondón y no acepto las críticas. Igual que ellos tienen derecho a decir lo que piensan, yo puedo contestarles (…) aunque es posible que no tenga razón, siempre tengo una respuesta”; aparte de estas cosas, lo que me gustaría destacar es lo loable que me parece que este chico que proclama sin reparos su condición de antisistema y que parece que está permanentemente justificándose por haber abierto un restaurante en el que sirve una cocina globalizada y cobra 100 euros por cubierto, es precisamente esto: el que un chaval de veintipocos años que ve con mucho tino que a la gente les puedes cobrar a precio de oro una ración de mejllones tigre si les añades la coletilla “estilo fusión”, abre su negocio peleándose con la Administración Municipal (que putea a todo emprendedor, y no sólo a la “restauración pública de calidad” (sic), como indican en los periodistas de Metrópoli), paga su IVA, sus retenciones y su Impuesto de Sociedades, crea puestos de trabajo directos e indirectos y demuestra que el sistema en el que vivimos, si eres joven, con ganas de trabajar e ideas, aunque sean bastante locas, funciona muy bien y te da más salidas que la de opositar a funcionario del Ministerio del Amor, o el que sea en el que diseñan cursos para enseñar a cascarse pajas.

En Antigourmet proponemos a David Muñoz como empresario de la década que está a punto de acabar. Ya nos dará las gracias cuando vayamos a cenar a su negocio.

Manual del perfecto camarero

A nosotros nos gustan los camareros con chaquetilla y, al igual que el Diario del Gourmet de Provincias y del Perro Gastrónomo en su post La dictadura del plato cuadrado (o del camarero vestido de negro), estamos hartos del rollo zen de los camareros vestidos de negro de pies a cabeza. Hartos también de los platos cuadrados (Ver Contra los platos cuadrados).

Hablando de camareros, la semana pasada publicó el New York Times un divertido artículo titulado 100 Things Restaurant Staffers Should Never Do (Part 1) -hoy han editado la segunda parte- en el que el autor, Bruce Buschel, con bastante sentido del humor, hace cien recomendaciones sobre cómo tiene que comportarse un camarero.

Algunas son geniales y estamos totalmente de acuerdo con ellas:

- No digas tu nombre. No hagas chistes ni te hagas el simpático (7). Odio a los camareros graciosos.

- No pongas un disco entero, que a la gente le puede dar asco Michael Bublé (94). Una vez comiendo en un sitio que estaba casi vacío sonó durante toda la comida Ricardo Arjona y casi palmamos del horror.

- No recites los platos fuera de carta muy rápido o como un robot o teatralmente. No es un soliloquio. No es una audición (9). Aquí reconozco que hay veces que me encantan esos recitados, a los que nunca les hago caso.

- No llenes los vasos cada dos minutos (62). Qué incómodo me siento con un camarero que me llena todo el rato el vaso.

- No traigas la sopa sin cuchara (73). Jajaja, qué chorrada.

Imagen de fiestafácil.

Australiana sortea cena en elBulli

Busco a Jacques

Busco a Jacques

Hoy me tocaba escribir sobre el congreso Lo mejor de la gastronomía, pero lo dejo para otro día, que mi amigo Santi me ha enviado una gran noticia. Resulta que una bloguera gastronómica australiana tiene una mesa para dos en elBulli, y no tiene con quién ir, así que propone una cita a ciegas para ir a comer con ella croquetas de tomate hidrogenado con sabor a paella.

La pobre Jules Clancy quita las ganas de ir con ella -a pesar de esos ojos azules y ese irresistible hoyuelo en la barbilla- al presentarse:

“As a food scientist I’m really excited about the work of Ferran Adria and that someone is finally bringing some glamour to the profession. While my personal cooking style is much more conventional and minimalist, I can’t wait to experience the crazy language of el Bulli.”

¡¡Pero Julita, qué es eso de que Adrià ha traído el glamour a la cocina, pero qué dices, hija mía!! ¿Adrià elegante y sofisticado? La cocina de Adrià, más que sofisticada, es complicada; y elegante, no sé, viéndole con su bata de científico-cocinero me recuerda a mi profesor de física, el Benny, que llevaba, como un árbol serrado, en el sobaco los cercos de los sudores de todo el mes. Así que no es elegante y ni sofisticado, ergo no tiene glamour. Pero bueno, qué va a pensar alguien que se define como “food scientist” y que dice que en comida ella prefiere lo convencional y lo mínimal (todos sabemos lo que significa la cocina mínimal en una chica, que come ensaladas y yogures raros).

Bueno, para ganar la cena con esta chuqui, que puede ser una risa, solamente tienes que escribir a jules[at]thestonesoup[dot]com y convencerla con simpatía y creatividad (así que, Cobo, tú no hace falta que participes) de que eres su acompañante ideal.

Estos australianos están locos. Imagen de Stone Soup.

Terror en el Museo del Jamón

En uno de nuestros Lunes Antigourmet el otro día elegimos el Museo del Jamón de la calle Capitán Haya para cenar. Siguiendo el camino iniciado otros lunes con la pepitoria de gallina de Casa Ciriaco, la tortilla de Sylkar o los torreznos de Los Torreznos, nos encaminamos ilusionados al bar. Todo pintaba bien, una máquina tragaperras nada más entrar, millares de jamones colgando, flores de plástico, ofertas de bocatas de jamón a euro y fútbol en la supertele.

Pero solamente nos tomamos una caña dentro, que hacía tanto calor que nos sentamos en la terraza. Y allí nos apretamos un par de bandejas de  jamón, un poco de queso, unos repulsivos torreznos (al compararlos, claro, con los increíbles de Los Torreznos), una botellita de vino, un flan de postre y no recuerdo qué más entre medias. Éramos tres y la cuenta fue de 150€. Nos quedamos alucinados, pero estaba bien, que las bandejas de jamón costaban un Perú, según vimos después. Haciendo cuentas nos podíamos haber tomado 150 bocadillos de jamón, 50 cada uno. Reíamos por no ver lo pringados que éramos pagando la turistada.

Y encima dormí fatal. Que le jodan al Museo de Jamón, la próxima vez vamos al Diverxo ese, que ya que nos estafan por lo menos quedamos como unos señores. Seguirá siendo un templo del saber, pero a mí no me vuelven a pillar. Pincho de tortilla y caña y a otro bar a cenar.

Imagen del Museo del Jamón.

José Ramón Márquez: “Mezclas aberrantes y presentaciones de fantasía”

Entre el disgusto, el cansancio y el asco por el partido de ayer, y que hoy me voy a ver el documental sobre los Monks con concierto de Juanita y los Feos de postre, mis capacidades están bastante limitadas, así que hoy solventamos el post copiando un párrafo de José Ramón Márquez sobre el restaurante Bergamonte, que saco del indispensable blog Salmonetes ya no nos quedan, que escribe Ignacio Ruiz Quintano. Hay tanta verdad y queda tan claro todo lo que dice, que sobran comentarios:

“En este mundo actual, en el que la comida de los restaurantes de más fama se plantea para gentes a las que no les gusta comer, como ejercicio de puro snobismo o de huída hacia delante (fast food gourmet), a base de mezclas aberrantes y de presentaciones de fantasía más apropiadas para la alimentación de chiquillos que de hombres, parece que quizás sea el momento de volver la vista hacia la simplicidad de los fogones, hacia la gran cocina hecha por las mujeres (atrás escuelas de cocina), por las insignes guisanderas que son capaces de poner a punto un arroz abanda con su base monolítica de caldo de pescados de roca.”

Vía Salmonetes ya no nos quedan. Imagen de Siempre nos quedará París.

Carne de Kobe - Antigourmet en el Japón (1)

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Ya se sabe que en Antigourmet los tenemos cuadrados como sandías niponas, pero por si hacía falta una muestra más, aquí tienen una historia que da fe de ello. No se preocupen, no exhibiremos documentos gráficos, aunque haberlos haylos, y muy buenos.

En cierta ocasión, en una razzia que hicimos por Vinarium con el propósito de cargarnos todos los decantadores de vino que pudiéramos alcanzar y de paso ver gourmets de cerca y en su ambiente, nos topamos de bruces con lo que en principio creímos era un extraterrestre y que finalmente resultó ser un conocido bloguero, además de, según entendimos, inventor de la penicilina ultrasónica y varias cosas más que ni se pueden imaginar, y lo decimos literalmente. Su (de ustedes) cavidad craneal no está lo suficientemente desarrollada para ello. Por culpa de alguna técnica mesmérica que tampoco es que nos interese, terminamos la incursión prestando atención a lo que Cucharete (bajo ese nombre se nos presentó esta especie de primo marciano de Sun Ra) nos contaba sobre el buey de Kobe y sus filetes. Al parecer, los solomillos que aquí los jetachefs llaman kobe, no son en realidad kobe, porque kobe sólo hay en Kobe, sino que son de una raza bovina que se cría con no tanto mimo en las afueras de Hobbiton y que es la misma que trisca y pace en la prefectura de Kobe, y que además no se llama kobe sino wagyu, allí y en Vheissu, que cae bastante cerca. En cualquier caso, parece ser que una raza de exportadores mongoles que surcan los mares en cargueros de bandera kazaja, y sólo en temporada alta de tifones, se ocupan de que únicamente Cucharete y sus iniciados hayan catado el maldito buey, y sepan por tanto que todo lo que hayan probado ustedes podrá ser lo que sea, pero no es kobe de Kobe, digo Waygu de Kobe, es decir la vaca negra que masajea una cohorte de ninjas para que sepa mejor cuando caiga en la sartén.

Como es natural, aunque hubiéramos entendido algo no nos lo habríamos creído, y terminamos investigando por nuestra cuenta. Y sí, al parecer a la vaca le dan frotis-frotis y cerveza, e incluso algún tarado con tendencias kamikazes le mete sake por el gaznate al desgraciado bóvido; y sí, es cierto que quedan algo así como cuatro ganaderos de auténtico Wagyurrl viviendo en oscuros desfiladeros de las montañas japonesas. Y es cierto que probablemente lo que ustedes hayan tomado fuera de Japón en algún gastrobar de moda sean vacas criadas en Nueva Zelanda a partir de dosis de semen congelado, pagadas a precio de órgano vital y pasadas de matute en el interior de un boli multifunción de Hello Kitty.

Pero como a nosotros no se nos sube nadie a la parra, salvo tal vez Sánchez Dragó, a quien dedicamos aleluyas de no poco ingenio, y como además el Japón es sin duda el Paraíso del gourmet y el Parnaso del papanatismo buenrollista, allá que nos fuimos a ver qué se cuece, y ahora se lo contamos.

Después de varias semanas intentando dilucidar qué es antigourmet en el Japón y qué no lo es, algo realmente difícil en un país donde desconocen el gotelé pero que por otro lado un buda celulítico y dorado es considerado un paradigma de la elegancia y el buen gusto (algo que aprobamos sin vacilar un segundo), y después de probar todo lo que se puso a nuestro alcance, incluida una sopa con scotch brite (resultó ser un alga bastante insípida, como casi toda la comida japonesa), decidimos que ya era hora de ir a por la vaca esa del millón de dólares. La idea inicial era robar una ternera de un establo y asarnos nosotros mismos las chuletas de estraperlo; no entraremos aquí en las causas que impidieron llevar a cabo semejante operación. Así que una vez frustrado nuestro plan, nos infiltramos en el sitio más gourmet de Kyoto que nos pudimos echar a la cara, que resultó ser el ITOH DINIG. Si a usted se le ocurre visitar Kyoto y le apetece zamparse una ración de vaca de Kobe, y además no tiene vergüenza de que le vean cenando en un lugar tan elegante que estornudar da miedo pero en cambio sí gasta una cartera de gruesas dimensiones, reserve una mesa, siéntese en el suelo, elija un menú según la cantidad de chichis que quiera gastarse (no hay carta en inglés) y ale, a jamar.

De las otras costumbres culinarias del Japón y de las medidas que debemos tomar para que nuestros gastrochorras jamás descubran el tofu hablaremos otro día. Hoy les confesamos:

La carne de la vaca de Kobe está muy buena (sí, se deshace en la boca y todo eso que hayan podido contarles)

Y proclamamos:

Pero no tanto como una simple tapa de magro de cerdo del Museo del Jamón.

Nuestra fe es irreductible, porque es la verdadera.