Ya sospechábamos que la proliferación de una gastronomía basada en cosas como la destilación de la piedra pómez no hacía más que anunciar el Fin de la Civilización, pero las últimas noticias llegadas desde el CERN, al cual vigilamos muy de cerca desde hace años, hacen que consideremos inevitable y muy próximo el colapso del universo conocido.
El pasado 10 de octubre se anunció en El País que Ferrán Adriá, junto al italiano Ettore Bocchia, organizaría el “banquete molecular” que tendría lugar el pasado día 21 y que pondría el broche de oro a la inauguración oficial del Gran Colisionador de Hadrones, que es una cosa inmesa enterrada en el subsuelo suizo-francés cuya finalidad y modo de operación sólo los pueden dilucidar las mentes más enfermas. Como era previsible, el cacharro dejó de funcionar poco después de ponerse en marcha. En Antigourmet nos imaginamos el tamaño cósmico del manual de instrucciones de semejante aparato y compadecemos y mandamos un afectuoso abrazo al técnico que en estos momentos se encuentre buceando entre sus amenas páginas tratando de encontrar dónde se equivocó de signo.
A día de hoy el estado del Gran Colisionador de Hadrones se podría definir como vegetativo, pero eso no impidió la celebración del ya citado banquete molecular, una definición que despertó en mí una curiosidad no exenta de sadismo. Así descubrimos que la feroz maquinaria propagandística de Adriá no descansa y sigue funcionando a pleno rendimiento, pues a pesar del anunciado protagonismo del catalán en el evento, nuestro amigo se limitó a servir el café a la numerosa concurrencia de políticos y científicos, una vez estaban ya todos ahítos de los manjares subatómicos de Bocchia. Los platos que se pudieron degustar, suponemos que mediante ósmosis inversa o algo así, tienen nombres como “tartare de Crevettes siciliennes avec crème d’oeuf moléculaire” y “Baba à la lécithine de soja” (sí, sí, baba, compruébenlo) que nadie que sienta un mínimo respeto por su idioma se atrevería a traducir. El morro de Ettore Bocchia, como el de Adriá, no tiene nada de molecular, pues el tío jeta se presenta sin rubor sosteniendo entre las manos un donut de azúcar de los de toda la vida, como si fuera la prueba empírica del último gran avance de la teoría cuántica de campos.
La venganza de Ferrán Adriá por el trato dispensado a su Èspesso, nombre ingenioso donde los haya (pues se deglute ayudándose con una cuchara), probablemente sea montarse su propio acelerador de partículas, donde intentará sin descanso convertir haces de melones de Villaconejos en esencia de neutrinos con sabor a patata. La consecuencia de semejantes ensayos, como viene bien explicado a partir de la página cinco mil de cualquier manual básico de física nuclear, es el pliegue del espacio-tiempo de modo que toda la masa del Universo quede concentrada en un único guisante de color violeta irradiando un insoportable hedor a Vegemite. Esta es la explicación de nuestro temor por el futuro de la Humanidad.
Hay quien como última voluntad pediría de cena el menú degustación de El Bulli. Para esta clase de personas es para las que se inventó el Infierno.
Realmente lo único que ha molestado a la modernidad del anuncio que han conseguido retirar a pachas 
Una de las razones que impulsó al Colectivo Antigourmet a iniciar su cruzada contra la memez gastronómica que nos inunda fue la aparición de las 
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