Este sábado me planté en Zaragoza para conocer a un bebé y por la noche bajé con el padre a comprar cena, atravesamos ese bulevar ahora convertido en río para ir a La Mostaza a por unos bocatas -que no conozco y me decían que eran buenísimos- y cierra los sábados, por el morro, el día de más gente en la calle. Así que cogimos el típico papelito en tinta azul de un chino y para pensar nos fuimos a tomar unas cañas, vimos el segundo tiempo del partido del Madrid, luego pedimos la cena a la china y mientras esperamos nos tomamos un mojito espantoso en un bar cercano con camareras de delantera comparable a la del Madrid. Tras una pequeña polémica con los chinos, que nos querían cobrar doce euros de más, fuimos a casa a cenar. Qué asco de cena, los rollitos parecían hechos de cuero, cocinados en la guantera de un Ford Fiesta, una ternera hecha de un monedero de abuelo y unas especie de albóndigas que prefiero no comentar. El pollo y el arroz, como siempre, bien. Los retortijones nocturnos, también, de primera. Hasta el año que viene no tomo otra vez telechino.
El domingo paseíto con el bebé, más buena que el pan, y a Casa Pascualillo a por ese ternasco de moda. Faltaron los comensales antigourmetianos que estuvieron conmigo en El Fuelle en mi pasada visita -los muy canallas se fueron a Casa Royo, mi próxima víctima-, y les echamos de menos, pero lo pasamos muy bien. El ternasco, las costillas, la carrillera, el marino de postre, las habitas, todo estaba muy rico y lo sirvieron rápido -quizá por miedo a que el bebé activara la sirena del hambre y vaciáramos el local. Lo mejor, algo que hizo que una lágrima asomara a mi rostro, fue que pedimos una botella de vino y la camarera la abrió delante de nosotros y la dejó encima de la mesa, sin que nos obligara a probarla, sin ninguna parafernalia cursi, simplemente le pedimos una botella de vino y nos la trajo, algo que ya no se estila. Un diez para Casa Pascualillo.
Imagen de RedAragón.
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