Hace unos días Manuel Gago colgó en su blog Capítulo 0 un post sobre una cata de gaseosas gallegas que hizo con unos colegas. Un vídeo espectacular en el que incluso decantan una gaseosa que tenía uno de ellos en una bodega. Hacen toda la tontorrona parafernalia de las catas de vino, que con gaseosa es mucho más divertida, añadiéndole el escuchar el sonido de las burbujas de las gasesosas. Aunque falta la gaseosa que más he bebido en mi vida, la Gaseosa Santa Tecla, que nos compraba mi abuela de pequeños y que todavía se fabrica -y la naranjada, que es la mejor del mundo-, el post, por su sentido del humor, merece un gran aplauso.
Lo mejor, cuando al final echan a la gaseosa vino de mesa para mejorarlo. El primer post de Antigourmet iba sobre el vino con gaseosa, y realmente nos ha emocionado encontrar este post, el mejor posible para despedir este año 2009.
En la carrera del esnobismo es difícil elegir si lo son más los fanáticos del vino o los maniáticos tecnológicos. Uno, que tiene un móvil sin cámara, un móvil del siglo XX, se siente despreciado por la gente que lleva esos móviles gigantes que, como los bebés, hacen mil monerías. La palma se la lleva el iPhone, obra cumbre de la cursilería tecnológica, tan bonito que dan ganas de acariciarlo, pero que en realidad es igual a un retrovisor de un 131 Supermirafiori. Al iPhone se le pueden añadir cositas para epatar a tus amigos. Y el vino no se podía escapar. Su unión sí que es un acontecimiento planetario.
En Mashable leo el post “5 Must-Have iPhone Apps for Wine Lovers“, escrito por Megan Berry, en el que muestra las cinco mejores aplicaciones sobre vino para el superteléfono, tan ridículas como divertidas.
Pair It! te hace maridajes (creo que se usa ese palabro) de todos los vinos del mundo con comidas, Fromage hace lo mismo pero solamente con quesos, Hello Vino simplemente es una base de datos de vinos, Drync Wine más o menos lo mismo pero puedes ir clasificando los vinos que vas tomando, y por último DrinkFit que te dice las calorías que tiene cada chato que te tomas.
Así que, en un paso más para la eliminación de la memoria y la mementización de la raza humana, dentro de nada ya no sabremos qué vino tomar con un besugo, tendremos que buscar nuestra memoria portátil en el bolsillo de la americana para saberlo, para recordar el que nos gustaba.
Gracias a Colineta me entero de la apoteósica y maravillosa Festa da Castaña e do Viño Peleón que se celebra en la localidad lucense de Monforte el próximo día 31 de octubre. La fiesta, que según La Voz de Galicia“ha dejado estupefacto al consejo regulador de Ribeira Sacra”, nos parece fundamental, por su sentido del humor y por su ataque a todos los pesados de las denominaciones de origen, a los de las tiendas gourmet, a los cursis del enoturismo y a los que van a casas rurales de cartón piedra.
Por fin la gente tendrá un único día para dejarse de pose y de dar vueltas al vino en una copa de cristal en la que le cabe la cabeza para liberarse y tomarse un vino asqueroso y unas castañas con unos amigos, y así arreglar el mundo.
El próximo martes en Ciudad Real abre Fenavin, la Feria Nacional del Vino, que imagino todo el mundo pronuncia Fenavín, aunque parece que se pronuncia como una palabra llana, al contrario que todas las palabras acabadas en in.
A pesar de las infumables siglas que acaparan la agenda institucional, que parece un catálogo de un laboratorio farmaceútico (ASAJA, CEVINUM, AVIMES, FIVIN, AEPEV, UPA, OCM, ADEVIN, etc.) y que hacen que no se entienda nada de lo que van a hablar, la sección no política, como no podía ser de otra forma, sí que tiene más interés, incluso han tenido la valentía o las ganas de lío de invitar al apestado de Santi Santamaría. Así que imaginamos que los de la Madrid Fusión no volverán a invitar a los de Fenavin nunca más.
Pero hay más, mesas redondas sobre literatura y vino, sobre márketing y vino; conferencias tan interesantes como la que abre la feria “Critics for sale”, a cargo de Robin Goldstein o una con el estupendo nombre de “Cómo proteger al vino de falsifiaciones y golfos”, y diferentes catas -una especial para ciegos- y maridajes que harán de Fenavin un entretenido escaparate para nuestro vino.
Ahora que están inundados por todos lados la mayoría de los pueblos españoles con las surrealistas fiestas medievales, más falsas que Judas y los Juan Dollar juntos, y los que no tienen fiesta medieval tienen alguna fiesta de una especialidad gastronómica que ni los del propio pueblo conocían hasta hace cinco años, es un placer descubrir una fiesta tradicional que cumple treinta ediciones.
Gracias al suplemento Madrid360 del ABC me entero de que en Horche, pueblo de la provincia de Guadalajara, se celebra el Concurso del Vino, donde las setenta bodegas que tienen los habitantes del pueblo enseñas sus vinos a unos expertos, se toman unas migas de almuerzo acompañados de un grupo de dulzaineros, y luego, por la tarde, todos los del pueblo se toman el vino ganador, en las categorías de tinto y blanco.
Que todavía queden fiestas tradicionales, sencillas y verdaderas, en las que el vino es tratado como algo natural y no un producto de ingeniería y diseño, es algo que reconforta y alegra en este domingo frío de abril.
El asunto no es nuevo, de hecho conozco verdaderos snobs que hace tiempo que han renunciado a convertirse en auténticos especialistas en la cata de aguas en cuanto se enteraron de que ya cualquier hijo de vecino es capaz de citar sin despeinarse 40 ó 50 recónditos manantiales de las Islas Feroe, y por tanto automáticamente han pasado a centrarse en otros asuntos, como las distintas variadades de hortalizas (siempre cultivadas orgánica o ecológicamente, es decir sin tratar y tal como los cría la Naturaleza: llenitas de caca de la vaca) y las distintas maneras de combinarlas con destilados de etiqueta victoriana y precio estratosférico, para terminar poniendo de moda guarradas como el gintonic de Hendrick’s con pepino, que es la última gilipollez que te debes tomar en los lounge de moda si quieres molar mogollón. A la sede de Antigourmet llegan inquitantes rumores de que el dry martini con nabo (el vegetal, el que no importa nada) empieza a triunfar en el eje José Abascal - Castellana y pronto arrasará en todos los bares de copas de Madrid y por tanto en el mundo entero.Pero ese es otro tema. Como decía, efectivamente las cartas de aguas proliferan desde hace años; basta con buscar en la internet “carta de aguas” y empieza uno a encontrar cosas que le ponen los pelos de punta:
“Los hoteles y restaurantes de categoría que se precien de satisfacer los gustos más exigentes de sus clientes han empezado a introducir las cartas de aguas minerales. Proceden de partes muy distintas del mundo, con sabores y propiedades muy singulares. Se trata de marcas de aguas minerales que en diferentes países son consideradas las de mejor calidad y son las más apreciadas por los gourmets más exigentes.”
No teníamos bastante con esas cartas de vinos que parecen novelas rusas y que siempre ocasionan que el pesado de turno con el que compartimos mesa se vea en la obligación de lucir el que acaba de realizar el mejor curso de cata de España, y por tanto se tire dos horas para elegir una botella de CVNE, sino que ahora además les dan la oportunidad de que se lo pasen chupilerendi eligiendo una botella de agua que sea muy mona entre una colección de 50 (que son las que ofrecen en La Sucursal, por ejemplo).
Tengo varias dudas. Primera: ¿el agua también te la dan a probar y por tanto puedes rechazarla?¿Bajo qué conceptos se puede rechazar?. Segunda: ¿la chapa se huele, como el corcho de las botellas de vino?. ¿Y también te la ponen en un platito, y allí se quedan durante toda la comida los dos, el corcho y la chapa, para que se pueda hacer el ridículo a voluntad olfateándolos cuando quieras disimular un eructo peleón?. Tercera: ¿somos tontos o qué?.
Afortunadamente, aún quedan aldeas irreductibles al invasor. Hace dos semanas un buen amigo tuvo el gran detalle de invitarme a cenar a un restaurante de postín, a uno de esos en los que ya los entrantes están a precio de órgano vital y a uno lo tratan como al Zar de todas las Rusias según atraviesa la puerta aunque llegue a lomos de un Renault 5 (este gran detalle de invitar es algo que cualquiera de ustedes debería darse el gusto de tener con nosotros, ¡anímense!) y evidentemente allí no había nada que se pareciera a una carta de aguas. Bezoya fresquita a discreción, para qué perder tiempo y dinero buscando lo mismo pero con otro nombre. ¿O acaso se creen ustedes que algún manatial de Nueva Zelanda es más bueno para la nariz que el agua Bezoya?. Busquen, busquen…
¿No se han dado cuenta los científicos de lo que hacen? ¿Cómo vamos a dejar de disfrutar viendo a tantos y tantos colegas de pelo menguante -otro día hablaremos del machismo en el mundo del vino- revolviendo el vino como autómatas, haciéndose enjuagues como mi madre con el Flúor-Kin y olisqueando una copa gigante de vino como si fueran ardillas para luego pensar medio minuto y decir de carrerilla “sabe a nogal, pera, limón, caramelo, arcilla, Fantasmiko de lima, viento de lluvia y napalm con un poco de contrachapado, rosa, lirio, brazo de gitano y hierba recién cortada”?
De todos modos, quiero una lengua electrónica, la necesito.
Nota: Imagen del artículo, en html en el enlace de arriba (¡Vaya pinta más rarita que tiene el aparato!).
El dolor de cabeza que ya me provoca la fantástica y sanísima polémica cocinera provocada por Santi Santamaría, de la que ya hablan en todo el mundo, y el trancazo que he cogido en estos días finales de este mayo tan recalcitrantemente anticalentamiento global -qué mes más reaccionario- me han hecho ingerir diferentes medicamentos que, lamentablemente, no han hecho ningún efecto, y me han hecho pensar en los sabores de las medicinas. El que más me gusta es el Frenadol.
Me gustaría que hubiera catas de medicamentos; sería muy políticamente incorrecto, pero sería divertido probar y hablar del sabor de las diferentes aspirinas y derivados. Aunque, cuando se tiene un buen resfriado casi se carece de sabor, y sería complicado distinguir unos de otros.
Mierda, ya me he perdido lo que más me hubiera apetecido ver del XXII Salón Internacional del Club de Gourmets, que se celebra desde hoy hasta el día 17 en los Recintos Feriales de la Casa de Campo de Madrid. Lo que me he perdido que me apetecía ver es el XV Concurso de Cortadores de Jamón. Qué pena. Espero -y sé que no lo harán- que los del Club de Gourmets actualicen su web y ya cuelguen hoy un vídeo del vencedor en acción. Es imposible, la web es bastante deficiente. Continuar leyendo ‘¡¡Los Gourmets ya están aquí!!’
Comentarios recientes