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Cada fiesta, un postre: Las orejas de carnaval

Siempre me ha gustado que para cada fiesta que se celebra, alguien se invente un postre. Hace poco años una asociación repostera de Madrid se inventó una cosa llamada corona de la Almudena para celebrar a la patrona de la capital. La corona es como un roscón de Reyes sin azúcar ni frutas escarchadas por fuera y untado con una crema. Tras reírme unos años de la corona, ahora la hay en todos lados el día de la Almudena, y los dos últimos años he comprado una corona. Siempre caigo, viva el consumismo.

El carnaval me da asco, aunque el año pasado me partí de risa con una parada que hay el domingo de carnaval en El Rosal. Del carnaval solamente me gusta la cara de asco, de repelús total, que pone el alcalde de Madrid cuando tiene que participar en el pregón o en cualquier otro evento fiestero, y un poco me gusta tambien en el entierro de la sardina (Lectura recomendada: Miércoles de ceniza. No enterrar la sardina), más que nada por los cuadros de Solana. También me gusta la peli de Neville, por supuesto.

Ahora me entero de la existencia de las orejas de carnaval (que sí que tienen historia, no como la corona) gracias a la amiga Alejandra de Alejandra en América, que lleva unos cuantos días glosando los carnavales galllegos. La verdad es que me suena haberlas visto por ahí, y se parecen a una cosa que mi madre llama roscones malagueños y que hace de Pascuas a Ramos. Como somos muy golosos, copiamos la receta de Alejandra, prometiendo, eso sí, hacerla en cuanto podamos, y contarlo aquí:

Ingredientes
- 800 g de harina
- 2 huevos
- 1 vasito de anís
- 100 g de manteca de vaca derretida
- 1 vaso de agua templada
- Sal y azúcar glas.
- Aceite (o manteca para freirlas)
Mutas.com
Se mezcla la manteca de vaca con el agua templada, se le agregan los huevos, la sal y el anís y se le va añadiendo la harina hasta que se forme una masa que se trabaja mucho para que quede con liga. Se estira, se corta en forma de oreja (o de lo que permita la habilidad del cocinero) y se fríe en abundante aceite (o manteca). Se sirven espolvoreadas de abundante azúcar glas. Si las queréis más enxebres (castizas) en vez de azúcar glas, azúcar de toda la vida. No echarsus levadura, que os conozco. Qué buenas están, por Dios.

Imagen de las orejas de Alejandra en América.

Grandiosa cata de gaseosas

Hace unos días Manuel Gago colgó en su blog Capítulo 0 un post sobre una cata de gaseosas gallegas que hizo con unos colegas. Un vídeo espectacular en el que incluso decantan una gaseosa que tenía uno de ellos en una bodega. Hacen toda la tontorrona parafernalia de las catas de vino, que con gaseosa es mucho más divertida, añadiéndole el escuchar el sonido de las burbujas de las gasesosas. Aunque falta la gaseosa que más he bebido en mi vida, la Gaseosa Santa Tecla, que nos compraba mi abuela de pequeños y que todavía se fabrica -y la naranjada, que es la mejor del mundo-, el post, por su sentido del humor, merece un gran aplauso.

Cata de Gasosas de Galicia from manuel gago on Vimeo.

Lo mejor, cuando al final echan a la gaseosa vino de mesa para mejorarlo. El primer post de Antigourmet iba sobre el vino con gaseosa, y realmente nos ha emocionado encontrar este post, el mejor posible para despedir este año 2009.

Imagen del camión de Gaseosas Santa Tecla de Galicia Suroeste.

Jesús Encinar: Antigourmet de oro y brillantes

Hoy Jesús Encinar comenta en su blog “Las 10 peores ideas que esta década ha dejado en gastronomía”, continuando las otras diez que hace dos meses había planteado el Chicago Tribune y que ya comentamos aquí. Evidentemente comparte muchas fobias con el periódico: La gastronomía molecular, la deconstrucción, las mesas corridas, y el concinero endiosado. Pero luego hace aportaciones geniales, como las paredes de botellas retroiluminadas, versión chill-out de las maravillosas paredes con botellas de brandy llenas de polvo y años de las viejas tabernas; o la desaparición de los helados normales en manos de los helados de wasabi; la dictadura militar del tiramisú; o su repulsión por las servilletas de papel.

Aquí, por supuesto, estamos totalmente de acuerdo con él, y nos emociona descubrir que en realidad somos legiones los que odiamos los platos cuadrados y sobrevivimos bajo la bota de la tiranía gourmet (aunque, por otro lado, saber que no estamos solos en el universo de los manteles a cuadros nos hace ser menos raros, algo que hunde a cualquier blog, y eso nos entristece).

Aquí dejamos el grandísimo listado de Jesús Encinar, merecedor de las más altas condecoraciones de Antigourmet:

1. La gastronomía molecular y la cocina deconstruida.
2. Murales de botellas de vino retroiluminadas como decoración.
3. Vajillas imposibles.
4. Helados de sabores raros.
5. Asientos sin respaldo y mesa comunal.
6. El tiramisú que trajo un invierno nuclear a las cartas de postres.
7. Las mezclas salado/dulce, frío/caliente.
8. Restaurantes que sólo ofrecen Menú Degustación.
9. El chef como über-celibrity.
10. Las servilletas de papel.

Imagen de Foro generación del 78.

Ataque a las Estrellas Michelin

La encomiable labor social de este nada humilde blog poco a poco va dando su fruto. El 17 de agosto de 2009 publicamos el “Teorema del Fua”, fórmula matemática por la cual el número de Estrellas Michelin que logra un bar es directamente proporcional al número de platos con fua que ofrece, y este teorema va cuajando en la comunidad científica internacional, como pudimos leer este sábado en el taurino y futbolero blog Salmonetes ya no nos quedan, que escribe el columnista de ABC Ignacio Ruiz Quintano, en el post “Brindemos por Bibendum con unos Minutejos”, escrito en este caso por José Ramón Márquez, en el que, además de mandar un buen directo al chaval de DiverXO, del que hablamos aquí hace poco (ver “David Muñoz (DiverXO), empresario de la década”), aplica y amplía el Teorema del Fua. Leamos:

“Gracias, Bibendum. Muchas gracias de nuevo. Con sus estrellas, Bibendum y su empresa de neumáticos nos iluminan. Una estrella, ve con mucho cuidado, que a la primera de cambio te echan un maridaje. Dos estrellas, ojito, ojito, que a la vuelta de la esquina salta el nitrógeno. Tres estrellas, huye porque te van a echar más foie del que tu hígado podrá soportar. Una, dos o tres, da igual en algo: se esforzarán porque tu Visa quede exhausta.

La novedad de este año es que el simpático Bibendum le ha dado una de sus estrellitas a un artista que lleva toda la pinta de los antisistema, con pendientes de esos negros y gordos incluidos. ¿Aceptará la American Express en su casa el artista u obligará a su delicada clientela a llevar carretillas llenas de asquerosos billetes capitalistas para pagar sus facturas?

¿Se imaginan que uno de estos artistas hubiese inventado los Minutejos? Sería gracioso el nombre que le habrían puesto. Vayamos prestos a Antonio Leyva, pidamos seis delicados Minutejos con una caña de cerveza y brindemos por Bibendum.”

Qué bueno. Sobran comentarios. Suscribimos cada palabra. Resumen:

  • Una estrella = Maridaje
  • Dos estrellas = Plato con nitrógeno
  • Tres estrellas = Sobredosis de fua

Imagen de Directo al paladar. Texto de Salmonetes ya no nos quedan.

Manual del perfecto camarero

A nosotros nos gustan los camareros con chaquetilla y, al igual que el Diario del Gourmet de Provincias y del Perro Gastrónomo en su post La dictadura del plato cuadrado (o del camarero vestido de negro), estamos hartos del rollo zen de los camareros vestidos de negro de pies a cabeza. Hartos también de los platos cuadrados (Ver Contra los platos cuadrados).

Hablando de camareros, la semana pasada publicó el New York Times un divertido artículo titulado 100 Things Restaurant Staffers Should Never Do (Part 1) -hoy han editado la segunda parte- en el que el autor, Bruce Buschel, con bastante sentido del humor, hace cien recomendaciones sobre cómo tiene que comportarse un camarero.

Algunas son geniales y estamos totalmente de acuerdo con ellas:

- No digas tu nombre. No hagas chistes ni te hagas el simpático (7). Odio a los camareros graciosos.

- No pongas un disco entero, que a la gente le puede dar asco Michael Bublé (94). Una vez comiendo en un sitio que estaba casi vacío sonó durante toda la comida Ricardo Arjona y casi palmamos del horror.

- No recites los platos fuera de carta muy rápido o como un robot o teatralmente. No es un soliloquio. No es una audición (9). Aquí reconozco que hay veces que me encantan esos recitados, a los que nunca les hago caso.

- No llenes los vasos cada dos minutos (62). Qué incómodo me siento con un camarero que me llena todo el rato el vaso.

- No traigas la sopa sin cuchara (73). Jajaja, qué chorrada.

Imagen de fiestafácil.

Australiana sortea cena en elBulli

Busco a Jacques

Busco a Jacques

Hoy me tocaba escribir sobre el congreso Lo mejor de la gastronomía, pero lo dejo para otro día, que mi amigo Santi me ha enviado una gran noticia. Resulta que una bloguera gastronómica australiana tiene una mesa para dos en elBulli, y no tiene con quién ir, así que propone una cita a ciegas para ir a comer con ella croquetas de tomate hidrogenado con sabor a paella.

La pobre Jules Clancy quita las ganas de ir con ella -a pesar de esos ojos azules y ese irresistible hoyuelo en la barbilla- al presentarse:

“As a food scientist I’m really excited about the work of Ferran Adria and that someone is finally bringing some glamour to the profession. While my personal cooking style is much more conventional and minimalist, I can’t wait to experience the crazy language of el Bulli.”

¡¡Pero Julita, qué es eso de que Adrià ha traído el glamour a la cocina, pero qué dices, hija mía!! ¿Adrià elegante y sofisticado? La cocina de Adrià, más que sofisticada, es complicada; y elegante, no sé, viéndole con su bata de científico-cocinero me recuerda a mi profesor de física, el Benny, que llevaba, como un árbol serrado, en el sobaco los cercos de los sudores de todo el mes. Así que no es elegante y ni sofisticado, ergo no tiene glamour. Pero bueno, qué va a pensar alguien que se define como “food scientist” y que dice que en comida ella prefiere lo convencional y lo mínimal (todos sabemos lo que significa la cocina mínimal en una chica, que come ensaladas y yogures raros).

Bueno, para ganar la cena con esta chuqui, que puede ser una risa, solamente tienes que escribir a jules[at]thestonesoup[dot]com y convencerla con simpatía y creatividad (así que, Cobo, tú no hace falta que participes) de que eres su acompañante ideal.

Estos australianos están locos. Imagen de Stone Soup.

El kit de gastronomía molecular

Mi dentista ya lo tiene

Mi dentista ya lo tiene

No sé cómo he llegado hoy por la mañana a ThinkGeek, pero he llegado, y venden un fantástico Molecular Gastronomy Starter Kit por solamente 59,99$. Tirado de precio. El chollo incluye:

  • 20g sodium alginate
  • 20g calcium salt
  • 20g agar-agar
  • 20g carrageenan
  • 20g ascorbic acid
  • 20g citric acid
  • 20g sodium bicarbonate
  • 20g soybean lecithin
  • 1 20mL syringe
  • 2 m of alimentary grade silicone tube
  • 2 graduated pipettes
  • 1 set of measuring spoons
  • 1 bored spoon
  • 1 booklet containing 6 molecular cooking recipes
  • 1 volume-weight conversion table

Menos mal que el chisme tiene un folletito con seis recetas, que si no a ver qué pelotas haces con todas esas cosas. Yo no tendría ni idea de por dónde empezar, ¿con qué mezclo el carrageenan, con un huevo batido? ¿Qué diablos es el carrageenan? No quiero ni buscarlo en Google Images a ver si va a venir el FBI a por mí. Otra cosa, por la imagen deduzco que la bored spoon es esa cuchara con agujeros -uno de los objetos más surrealistas que he visto nunca, digno de una foto de Chema Madoz-, ¿para qué se usará? Qué cosas venden por ahí, estamos colgados.

Eso sí, los 20 gramos de bicarbonato que incluye el kit todo el mundo sabe para qué son. Para usarlos al acabar una cena molecular. Por lo menos tienen la decencia de incluirlo en el paquete, así no tienes que bajar a la farmacia.

Noticia e imagen de ThinkGeek.

José Ramón Márquez: “Mezclas aberrantes y presentaciones de fantasía”

Entre el disgusto, el cansancio y el asco por el partido de ayer, y que hoy me voy a ver el documental sobre los Monks con concierto de Juanita y los Feos de postre, mis capacidades están bastante limitadas, así que hoy solventamos el post copiando un párrafo de José Ramón Márquez sobre el restaurante Bergamonte, que saco del indispensable blog Salmonetes ya no nos quedan, que escribe Ignacio Ruiz Quintano. Hay tanta verdad y queda tan claro todo lo que dice, que sobran comentarios:

“En este mundo actual, en el que la comida de los restaurantes de más fama se plantea para gentes a las que no les gusta comer, como ejercicio de puro snobismo o de huída hacia delante (fast food gourmet), a base de mezclas aberrantes y de presentaciones de fantasía más apropiadas para la alimentación de chiquillos que de hombres, parece que quizás sea el momento de volver la vista hacia la simplicidad de los fogones, hacia la gran cocina hecha por las mujeres (atrás escuelas de cocina), por las insignes guisanderas que son capaces de poner a punto un arroz abanda con su base monolítica de caldo de pescados de roca.”

Vía Salmonetes ya no nos quedan. Imagen de Siempre nos quedará París.

Carne de Kobe - Antigourmet en el Japón (1)

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Ya se sabe que en Antigourmet los tenemos cuadrados como sandías niponas, pero por si hacía falta una muestra más, aquí tienen una historia que da fe de ello. No se preocupen, no exhibiremos documentos gráficos, aunque haberlos haylos, y muy buenos.

En cierta ocasión, en una razzia que hicimos por Vinarium con el propósito de cargarnos todos los decantadores de vino que pudiéramos alcanzar y de paso ver gourmets de cerca y en su ambiente, nos topamos de bruces con lo que en principio creímos era un extraterrestre y que finalmente resultó ser un conocido bloguero, además de, según entendimos, inventor de la penicilina ultrasónica y varias cosas más que ni se pueden imaginar, y lo decimos literalmente. Su (de ustedes) cavidad craneal no está lo suficientemente desarrollada para ello. Por culpa de alguna técnica mesmérica que tampoco es que nos interese, terminamos la incursión prestando atención a lo que Cucharete (bajo ese nombre se nos presentó esta especie de primo marciano de Sun Ra) nos contaba sobre el buey de Kobe y sus filetes. Al parecer, los solomillos que aquí los jetachefs llaman kobe, no son en realidad kobe, porque kobe sólo hay en Kobe, sino que son de una raza bovina que se cría con no tanto mimo en las afueras de Hobbiton y que es la misma que trisca y pace en la prefectura de Kobe, y que además no se llama kobe sino wagyu, allí y en Vheissu, que cae bastante cerca. En cualquier caso, parece ser que una raza de exportadores mongoles que surcan los mares en cargueros de bandera kazaja, y sólo en temporada alta de tifones, se ocupan de que únicamente Cucharete y sus iniciados hayan catado el maldito buey, y sepan por tanto que todo lo que hayan probado ustedes podrá ser lo que sea, pero no es kobe de Kobe, digo Waygu de Kobe, es decir la vaca negra que masajea una cohorte de ninjas para que sepa mejor cuando caiga en la sartén.

Como es natural, aunque hubiéramos entendido algo no nos lo habríamos creído, y terminamos investigando por nuestra cuenta. Y sí, al parecer a la vaca le dan frotis-frotis y cerveza, e incluso algún tarado con tendencias kamikazes le mete sake por el gaznate al desgraciado bóvido; y sí, es cierto que quedan algo así como cuatro ganaderos de auténtico Wagyurrl viviendo en oscuros desfiladeros de las montañas japonesas. Y es cierto que probablemente lo que ustedes hayan tomado fuera de Japón en algún gastrobar de moda sean vacas criadas en Nueva Zelanda a partir de dosis de semen congelado, pagadas a precio de órgano vital y pasadas de matute en el interior de un boli multifunción de Hello Kitty.

Pero como a nosotros no se nos sube nadie a la parra, salvo tal vez Sánchez Dragó, a quien dedicamos aleluyas de no poco ingenio, y como además el Japón es sin duda el Paraíso del gourmet y el Parnaso del papanatismo buenrollista, allá que nos fuimos a ver qué se cuece, y ahora se lo contamos.

Después de varias semanas intentando dilucidar qué es antigourmet en el Japón y qué no lo es, algo realmente difícil en un país donde desconocen el gotelé pero que por otro lado un buda celulítico y dorado es considerado un paradigma de la elegancia y el buen gusto (algo que aprobamos sin vacilar un segundo), y después de probar todo lo que se puso a nuestro alcance, incluida una sopa con scotch brite (resultó ser un alga bastante insípida, como casi toda la comida japonesa), decidimos que ya era hora de ir a por la vaca esa del millón de dólares. La idea inicial era robar una ternera de un establo y asarnos nosotros mismos las chuletas de estraperlo; no entraremos aquí en las causas que impidieron llevar a cabo semejante operación. Así que una vez frustrado nuestro plan, nos infiltramos en el sitio más gourmet de Kyoto que nos pudimos echar a la cara, que resultó ser el ITOH DINIG. Si a usted se le ocurre visitar Kyoto y le apetece zamparse una ración de vaca de Kobe, y además no tiene vergüenza de que le vean cenando en un lugar tan elegante que estornudar da miedo pero en cambio sí gasta una cartera de gruesas dimensiones, reserve una mesa, siéntese en el suelo, elija un menú según la cantidad de chichis que quiera gastarse (no hay carta en inglés) y ale, a jamar.

De las otras costumbres culinarias del Japón y de las medidas que debemos tomar para que nuestros gastrochorras jamás descubran el tofu hablaremos otro día. Hoy les confesamos:

La carne de la vaca de Kobe está muy buena (sí, se deshace en la boca y todo eso que hayan podido contarles)

Y proclamamos:

Pero no tanto como una simple tapa de magro de cerdo del Museo del Jamón.

Nuestra fe es irreductible, porque es la verdadera.

Polidor, 150 años de tradición

Antes, siempre que iba a París, iba a cenar un día a Polidor. Las últimas veces no he ido, aunque la semana que viene, que me voy para allá, a ver si me paso a comer un día.

Me recordó este lugar Juan Pedro Quiñonero en un post de su blog Una temporada en el infierno sobre este restaurante, por el que me enteré que fue uno de los lugares favoritos de héroes como Rimbaud, Verlaine, Antonio y Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna, Joyce, Hemingway, Max Ernst, Artaud, Ionesco, Boris Vian, Jack Kerouac o Raymond Queneau. Ahora, desde luego, miraré el lugar con otros ojos.

La primera vez que fui elegimos el lugar porque tenía tarta tatin casera, tras interrogar a un par de camareros a ver si nos decían lo mismo. Y desde entonces he ido unas cuantas veces, cocina tradicional por un tubo, ya sea al salón principal o a las mesas corridas del fondo. Se lo recomendé a una amiga mejicana y su mayor shock fue ver que en París todavía hay muchos sitios en el que los baños son un simple agujero (ver enlace). No fue al baño, claro.

Uno de los sitios de París -rue Monsieur le Prince 41, metro Odeón- donde, como dice Quiñonero, “escapar a la horda turística y encontrar refugio para el cuerpo, el alma, la vida”.

Imagen tomada el 15 mayo de 2009 por JPQ.

Comerse la cuenta: El Bulli como pimpampún

Vía el comentario de Giraluna al post Que no escapen: Uvas con GPS y también gracias a un comentario en el Facebook de mi hermano Jacobo encuentro la misma noticia por dos lados distintos, por La Cocina de Javi y por El Mundo Today. Resulta que un tipo se comió la cuenta de El Bulli creyendo que era un plato más de lo adornada que se la trajeron. Genial.

Bodegón con fresas, humo, y vendedor de humo.

Parece que poco a poco vamos perdiendo el miedo al jefe de la secta, gracias a internet, claro, donde algunos francotiradores lanzamos nuestros dardos, ya sean noticias verdaderas o descacharrantes bromas como en este caso, contra las paparruchadas que nos cuela el mejor cocinero de la historia ayudado por toda su cohorte de periodistas ojipláticos ante sus trucos de magia, en los que convierte merluzas en sandías y evapora corderos, algo que esos palmeros, ante la crisis del circo, creen y juran que es arte.

Seguimos sitiados por la Brunete gastronómica, pero a veces corre el aire en las trincheras, como hoy.

Imagen de Gastronomía Molecular.

Ficción o realidad: Prohibir el perejil e impuesto a los refrescos

Si los geniales artículos de El Garrofer son mentiras que parecen verdad, los maravillosos post de Barcepundit son verdades que parecen mentira, siendo entonces el único punto al que agarrase lo que dijo Discépolo, que siempre, siempre, tiene razón: “Verás que todo el mentira, verás que nada es amor, que al mundo nada le importa… ¡Yira!… ¡Yira!… Aunque te quiebre la vida, aunque te muerda un dolor, no esperes nunca una ayuda, ni una mano, ni un favor”. Sobre todo de los políticos, cabría añadir.

Este post es un El Garrofer meets Barcepundit, donde se entrecruzan el definitivo post del primero “Se prohíbe por Real Decreto espolvorear perejil en el borde del plato” con la noticia del segundo “Calling soda the new tobacco, San Francisco Mayor Gavin Newsom will introduce legislation this fall that would charge a fee to retailers that sell sugary beverages.”

En ese punto, como casi siempre, tiene razón Barcepundit cuando retuerce la frase de Martin Niemöller que pirateó el perro de Bertolt Brecht “Primero vinieron a por el tabaco, pero yo no era fumador y no protesté. Después vinieron a por los refrescos, pero yo sólo bebo agua mineral y no protesté. Después vinieron a por las hamburguesas, pero yo soy vegetariano y no protesté.  Luego vinieron a por los que emiten CO2 al conducir, pero yo no tengo coche y no protesté. Al final vinieron a por los que criticamos a los políticos, pero ya no quedaba nadie para protestar”.

Si Frisco, cénit del laissez faire estadounidense, ya va a poner impuestos por tomar una fanta, pongámonos a remojar las barbas. Ahí es donde entra El Garrofet a abrirnos los ojos: pasará, los políticos lo decidirán porque han decidido que tienen que pensar por nosotros, que somos niños pequeños que necesitamos protección y nos prohibirán lo que se les ocurra, aunque en este caso -siguiendo la costumbre de negarnos a nosotros mismos y lo que decimos en los cuarenta renglones anteriores- Antigourmet esté totalmente de acuerdo con la prohibición de decorar los platos, no faltaba más. Pero dejemos a El Garrofet que lo dice mil veces mejor que nosotros:

“A partir de ahora los restaurantes que pongan perejil a modo de adorno, o con la intención de elevar la apariencia de sus escasas raciones, serán multados con 12.000 euros.

La misma pena conllevará el poner churretones de vinagreta o salsa en plan Jackson Pollock para rellenar las amplias superficies vacías de los platos.

“A partir de ahora, mariconadas, las justas”, declaró contundentemente la vicepresidenta, María Teresa Fernández de la Vega al explicar la nueva normativa tras la reunión del Consejo.”

De cocineros y universitarios

Paseíllo molecular 2.0

Del interesante blog de Andrés Pedreño saco el título y la sobrecogedora imagen que decora este texto, en la que tres personas vestidas de la selección de Estonia de sumo se dirigen al Calvario caminando sobre un damero, el Redentor, esto es, Adrià, y el buen y el mal ladrón. Que cada uno elija quién es Dimas.

Siendo totalmente cierto lo que dice el profesor Pedreño, que los llamados cocineros investigan e innovan, eso sí, privándonos a los demás del ancestral placer de la comida para hacernos una sesión de Cirque du Soleil comestible, y que nuestros universitarios hacen de todo menos investigar e innovar, tampoco vemos desde Antigourmet que el futuro de la universidad esté en los fuegos de artificio y la teatralidad, en el autobombo y la autocomplacencia de los cocineros estrella, ni en el tímido dospuntocerismo de algún cocinero. Aunque, desde luego, cualquier cosa mejor que lo que es ahora.

De todos modos, todo se arreglará con el Basque Culinary Center, gran faro o fogón que regirá el mundo moderno los próximos siglos, sustituyendo el kalashnikov por el robot de cocina.

Teorema del Fua

El insigne matemático Punctutron, posando para una moneda con su efigie.

El insigne matemático Punctutrón, posando para una moneda con su efigie.

Antigourmet continúa su encomiable labor social -aunque el Ayuntamiento de Gandía no nos dé 100.000€ al año- y, tras largas horas de estudio y análisis, está en disposición de transmitir al mundo el Teorema del Fua, también llamado Primer Teorema de Antigourmet o Ecuación de Punctutrón, ya que ha sido nuestro compañero Punctutrón el postulante de esta ecuación, por la que será reconocido y recordado por las generaciones venideras.

Aquí está, con letras de molde, para la Historia:

“El número de platos con fua o sus derivados en la carta de un restaurante es directamente proporcional al número de estrellas Michelin que posea dicho restaurante.”

También existe una versión de andar por casa en zapatillas de cuadros en la que se sustituyen las estrellas Michelin por cucharas de Cucharete, pero dado el alcance planetario de nuestra escuela de pensamiento hemos optado por que el enunciado de nuestra primera ecuación gastronómica se refiera al gordo de los flotadores.

Imagen de Que hago yo aqui.

Contra o a favor de las fiestas medievales

Como nuestros principios son al menos tan cambiantes como el amor de un futbolista brasileño por su equipo, he estado dudando si llamar a este comentario Contra las fiestas medievales o A favor de las fiestas medievales.

Realmente Antigourmet debería estar a favor, ya que en ellas se come queso, chorizo y vino malo, pero por otro lado contra lo que está Antigourmet es contra la impostura, contra los disfraces, contra el “la trufa no es trufa” del post de punctutron sobre Quique Dacosta, contra las pijadas macrobioecológicas, y a favor de la comida real, de la naturalidad en el comer, del Chorizo Revilla. O no, no sé.

Todo este rollo viene porque acabo de leer el genial post de Alejandra en América llamado Ensaladilla galaica, que cuenta con párrafos tan definitivos como:

“Los gallegos más cool colocan su arcadia perdida en la Edad Media porque para ellos el medioevo es ese momento en que éramos un reino y no estábamos subyugados bajo el poder maléfico del imperio castellano. Campábamos a nuestras anchas por la pradera y éramos más felices que perdices. Por eso Galicia acoge cada año 200 millones de ferias medievales que vistas con mínimo rigor no tienen absolutamente nada de medieval, pero que aderezadas con mucho cascabel y ropas de tergal, dan el pego.”

El otro día estuve yo en la fiesta medieval de Viana do Castelo, en Portugal, y también estuve el año pasado, que me compré una veleta con forma de golondrina que se autodestruyó en pocos meses. Nunca voy a fiestas medievales, me dan asco, pero siempre coincide que cuando voy a merendar a Portugal me encuentro mucho tergal y peludos de todo tipo vendiendo tontadas que en la Edad Media le hubieran tirado a la cara.

Fiesta medieval. En primer plano, dos raperos bailando. Al fondo, lo único medieval de la imagen, la camiseta de la chica.

Fiesta medieval. En primer plano, dos raperos. Al fondo, lo único medieval de la imagen, la camiseta de la chica.

Esos mismos peludos y pelanas disfrazados de pordioseros -siempre quise ir a una fiesta medieval vestido de Felipe II, se iban a enterar- viven en verano de las ferias medievales (¿Qué harán en invierno, tejer sus terroróficos jerséis de lana con una margarita en medio?), ya que si vas a otro pueblo vuelve estar el mismo tragasables y la misma artesana que hace caretas de cuero con forma de arlequín. Debe haber una especie de asociación de tíos que hacen eso y se forran porque todos los idiotas de los pueblos -cuando digo idiotas quiero decir su sinónimo, esto es, políticos- creen que a la gente le gusta comprar velas que huelen que apestan y ver a gente vestida de marrón vendiendo miel y jabón supuestamente artesanales. Me encantaría que alguien investigara (la mafia de) las fiestas medievales.

La única fiesta medieval con sentido es la de Tres Cantos, ciudad fundada en 1976, ya que vale para enseñar a sus vecinos -o, como se dice ahora,  ciudadanía- cómo viven o vivían los trogloditas de los pueblos de al lado, y aprender de ello para no caer ellos en el aburrimiento de jugar al diábolo, echarse el tarot uno a otro, beber licores repulsivos, cuando tienen todos una Play Station y los libros de Chesterton en casa con los que ser felices y pasarlo bien.

Sí, estoy contra las fiestas medievales.

Imagen de Lalo Cura.