El año pasado en Zaragoza, un amigo nos soltó de resaca una charla sobre las virtudes de no tomar lácteos digna de un vendedor de crecepelo de película de vaqueros. Desde que había dejado los lácteos, ya no tenía granos, dormía bien, no le dolía nada, se cansaba menos haciendo deporte y era mucho más feliz. Vamos, parecía que acababa de operarse las tetas en Corporación Dermoestética de lo bien que le iba. El otro día, leyendo la monumental Anatomía de la melancolía de Robert Burton, editada en 1621, en el capítulo “La mala dieta como causa. La sustancia. La calidad de las comidas” me encontré lo mismo que mi amigo dijo, exacto, ¿se habría leído el libro recientemente o cuatrocientos años después coincidía con el erudito inglés? ¿Tendré que dejar de tomar café con leche? ¿Croquetas? ¿Yogures, si es que alguno todavía mantiene rastros de leche? ¿Queso? Qué horror. Esto es lo que dice Burton:
La leche, y todo lo que procede de la leche, como la mantequilla y el queso, requesón, etc., aumentan la melancolía (excepto el suero solamente, que es muy sano). Algunos exceptúan la leche de burra. El resto, para los que están sanos, es nutritivo y bueno, especialmente para los niños pequeños, aunque se corrompe enseguida, por lo que no es bueno para los que tienen el estómago descuidado, están sujetos a dolores de cabeza, o tienen heridas verdes, cálculo, etc. De todos los quesos, considero el mejor el tipo que nosotros llamamos queso de Banbury; cuanto más viejo, más fuerte, y cuanto más duro peor, como dice Lange en su epístola a Melanchthon, citada por Mizauld, Isaac (part. 5), Galeno (De cibis boni succi, libro 3), etc.
Texto de Anatomía de la melancolía I, Robert Burton, Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid, 1997. Imagen de la primera edición tomada de la página de red de Gerardo Herreros.
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