Si los políticos -el gran Leguina- al meter dinero público acabaron con la Movida Madrileña, con la poca lucidez que, a ratos, tuvo; y también acabaron gracias a las subvenciones con el cine español, creando un mercado falso en el que se hacen películas pero no se estrenan -sigamos llorando por el Saura y el Erice de los setenta-; si las diputaciones provinciales editan cientos de libros absurdos que bostezan en los almacenes arruinando a pequeños editores; no podían ser menos con la cocina y ahora van a por ella.
Es cierto que a Antigourmet la nueva cocina española nos da un profundo asco, pero es imposible no reconocer que se ha abierto paso y ha triunfado ella solita, gracias a unos cuantos cocineros, emprendedores (perdón por la palabra) en su campo, que se han peleado con sus sartenes para ofrecer un producto, que no comida, que tiene fascinado a medio mundo, menos a los franceses, claro, que bien escocidos, imagino, están. ¿Entonces para qué estropearlo?
Realmente han sido los propios cocineros españoles los que se han asomado al precipicio ellos solitos, creando el grotesco Basque Culinary Center. Al olor de la carne fresca han llegado los buitres con su chequera, y sin pensárselo dos veces el Consejo de Ministros les dio el otro día nada más y nada menos que 7 millones de euros, con lo que podemos dar por finalizada la edad de oro de la cocina española. Y todavía no han puesto ni la primera piedra del edificio.
En medio de la polémica por la bajada de la inversión en I+D, regalan absurdamente cientos de millones de pesetas (de mi dinero) para mejorar y enseñar la esferificación de los lomos de sardina, algo que nuestros cocineros ya saben hacer, y, lamentablemente, mejor que nadie.
La verdad es que nos alegramos de que con nuestro dinero los políticos vayan a acabar con la iniciativa de los cocineros, con todas sus pamplinas, y volvamos así al tradicional plato de lentejas. Aunque… Si acaban con Adrià, ¿de qué vamos a escribir nosotros?
Imagen de La Aldea Irreductible.
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