En uno de nuestros Lunes Antigourmet el otro día elegimos el Museo del Jamón de la calle Capitán Haya para cenar. Siguiendo el camino iniciado otros lunes con la pepitoria de gallina de Casa Ciriaco, la tortilla de Sylkar o los torreznos de Los Torreznos, nos encaminamos ilusionados al bar. Todo pintaba bien, una máquina tragaperras nada más entrar, millares de jamones colgando, flores de plástico, ofertas de bocatas de jamón a euro y fútbol en la supertele.

Pero solamente nos tomamos una caña dentro, que hacía tanto calor que nos sentamos en la terraza. Y allí nos apretamos un par de bandejas de jamón, un poco de queso, unos repulsivos torreznos (al compararlos, claro, con los increíbles de Los Torreznos), una botellita de vino, un flan de postre y no recuerdo qué más entre medias. Éramos tres y la cuenta fue de 150€. Nos quedamos alucinados, pero estaba bien, que las bandejas de jamón costaban un Perú, según vimos después. Haciendo cuentas nos podíamos haber tomado 150 bocadillos de jamón, 50 cada uno. Reíamos por no ver lo pringados que éramos pagando la turistada.
Y encima dormí fatal. Que le jodan al Museo de Jamón, la próxima vez vamos al Diverxo ese, que ya que nos estafan por lo menos quedamos como unos señores. Seguirá siendo un templo del saber, pero a mí no me vuelven a pillar. Pincho de tortilla y caña y a otro bar a cenar.
Imagen del Museo del Jamón.
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