
Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo
Ya se sabe que en Antigourmet los tenemos cuadrados como sandías niponas, pero por si hacía falta una muestra más, aquí tienen una historia que da fe de ello. No se preocupen, no exhibiremos documentos gráficos, aunque haberlos haylos, y muy buenos.
En cierta ocasión, en una razzia que hicimos por Vinarium con el propósito de cargarnos todos los decantadores de vino que pudiéramos alcanzar y de paso ver gourmets de cerca y en su ambiente, nos topamos de bruces con lo que en principio creímos era un extraterrestre y que finalmente resultó ser un conocido bloguero, además de, según entendimos, inventor de la penicilina ultrasónica y varias cosas más que ni se pueden imaginar, y lo decimos literalmente. Su (de ustedes) cavidad craneal no está lo suficientemente desarrollada para ello. Por culpa de alguna técnica mesmérica que tampoco es que nos interese, terminamos la incursión prestando atención a lo que Cucharete (bajo ese nombre se nos presentó esta especie de primo marciano de Sun Ra) nos contaba sobre el buey de Kobe y sus filetes. Al parecer, los solomillos que aquí los jetachefs llaman kobe, no son en realidad kobe, porque kobe sólo hay en Kobe, sino que son de una raza bovina que se cría con no tanto mimo en las afueras de Hobbiton y que es la misma que trisca y pace en la prefectura de Kobe, y que además no se llama kobe sino wagyu, allí y en Vheissu, que cae bastante cerca. En cualquier caso, parece ser que una raza de exportadores mongoles que surcan los mares en cargueros de bandera kazaja, y sólo en temporada alta de tifones, se ocupan de que únicamente Cucharete y sus iniciados hayan catado el maldito buey, y sepan por tanto que todo lo que hayan probado ustedes podrá ser lo que sea, pero no es kobe de Kobe, digo Waygu de Kobe, es decir la vaca negra que masajea una cohorte de ninjas para que sepa mejor cuando caiga en la sartén.
Como es natural, aunque hubiéramos entendido algo no nos lo habríamos creído, y terminamos investigando por nuestra cuenta. Y sí, al parecer a la vaca le dan frotis-frotis y cerveza, e incluso algún tarado con tendencias kamikazes le mete sake por el gaznate al desgraciado bóvido; y sí, es cierto que quedan algo así como cuatro ganaderos de auténtico Wagyurrl viviendo en oscuros desfiladeros de las montañas japonesas. Y es cierto que probablemente lo que ustedes hayan tomado fuera de Japón en algún gastrobar de moda sean vacas criadas en Nueva Zelanda a partir de dosis de semen congelado, pagadas a precio de órgano vital y pasadas de matute en el interior de un boli multifunción de Hello Kitty.
Pero como a nosotros no se nos sube nadie a la parra, salvo tal vez Sánchez Dragó, a quien dedicamos aleluyas de no poco ingenio, y como además el Japón es sin duda el Paraíso del gourmet y el Parnaso del papanatismo buenrollista, allá que nos fuimos a ver qué se cuece, y ahora se lo contamos.
Después de varias semanas intentando dilucidar qué es antigourmet en el Japón y qué no lo es, algo realmente difícil en un país donde desconocen el gotelé pero que por otro lado un buda celulítico y dorado es considerado un paradigma de la elegancia y el buen gusto (algo que aprobamos sin vacilar un segundo), y después de probar todo lo que se puso a nuestro alcance, incluida una sopa con scotch brite (resultó ser un alga bastante insípida, como casi toda la comida japonesa), decidimos que ya era hora de ir a por la vaca esa del millón de dólares. La idea inicial era robar una ternera de un establo y asarnos nosotros mismos las chuletas de estraperlo; no entraremos aquí en las causas que impidieron llevar a cabo semejante operación. Así que una vez frustrado nuestro plan, nos infiltramos en el sitio más gourmet de Kyoto que nos pudimos echar a la cara, que resultó ser el ITOH DINIG. Si a usted se le ocurre visitar Kyoto y le apetece zamparse una ración de vaca de Kobe, y además no tiene vergüenza de que le vean cenando en un lugar tan elegante que estornudar da miedo pero en cambio sí gasta una cartera de gruesas dimensiones, reserve una mesa, siéntese en el suelo, elija un menú según la cantidad de chichis que quiera gastarse (no hay carta en inglés) y ale, a jamar.
De las otras costumbres culinarias del Japón y de las medidas que debemos tomar para que nuestros gastrochorras jamás descubran el tofu hablaremos otro día. Hoy les confesamos:
La carne de la vaca de Kobe está muy buena (sí, se deshace en la boca y todo eso que hayan podido contarles)
Y proclamamos:
Pero no tanto como una simple tapa de magro de cerdo del Museo del Jamón.
Nuestra fe es irreductible, porque es la verdadera.
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