Monthly Archive for Octubre, 2009

El kit de gastronomía molecular

Mi dentista ya lo tiene

Mi dentista ya lo tiene

No sé cómo he llegado hoy por la mañana a ThinkGeek, pero he llegado, y venden un fantástico Molecular Gastronomy Starter Kit por solamente 59,99$. Tirado de precio. El chollo incluye:

  • 20g sodium alginate
  • 20g calcium salt
  • 20g agar-agar
  • 20g carrageenan
  • 20g ascorbic acid
  • 20g citric acid
  • 20g sodium bicarbonate
  • 20g soybean lecithin
  • 1 20mL syringe
  • 2 m of alimentary grade silicone tube
  • 2 graduated pipettes
  • 1 set of measuring spoons
  • 1 bored spoon
  • 1 booklet containing 6 molecular cooking recipes
  • 1 volume-weight conversion table

Menos mal que el chisme tiene un folletito con seis recetas, que si no a ver qué pelotas haces con todas esas cosas. Yo no tendría ni idea de por dónde empezar, ¿con qué mezclo el carrageenan, con un huevo batido? ¿Qué diablos es el carrageenan? No quiero ni buscarlo en Google Images a ver si va a venir el FBI a por mí. Otra cosa, por la imagen deduzco que la bored spoon es esa cuchara con agujeros -uno de los objetos más surrealistas que he visto nunca, digno de una foto de Chema Madoz-, ¿para qué se usará? Qué cosas venden por ahí, estamos colgados.

Eso sí, los 20 gramos de bicarbonato que incluye el kit todo el mundo sabe para qué son. Para usarlos al acabar una cena molecular. Por lo menos tienen la decencia de incluirlo en el paquete, así no tienes que bajar a la farmacia.

Noticia e imagen de ThinkGeek.

Las 10 peores cosas de la cocina actual

Ayer el Chicago Tribune nos regalaba uno de los mejores artículos que uno recuerda, “10 worst dining trends of the last decade”, escrito por Christopher Borrelli, en el que nos presenta las diez peores tendencias en la cocina en la última década. El autor avisa que hay muchas más cosas que le repelen sumilleres de aguas -que tanto nos repugnan también a nosotros- o los baños unisex, pero que tenía que poner diez y tenía que cortar por algún lado. Esta es su clasificación:

1. Deconstruction
2. The chef as media whore
3. The menu as book
4. Foam
5. Knee-jerk online reviews
6. Proudly obnoxious fast food options
7. The communal table
8. The $40 entree
9. Molecular gastronomy
10. Fried onion blossoms

También a nosotros nos dan asco las mesas corridas, y las cartas que hay ahora en algunos sitios que tienen más hojas que Guerra y Paz, por no hablar de la deconstrucción, de la gastronomía molecular, de los cocineros estrella y de las vomitivas recetas con espuma. Este artículo nos ha hecho llorar de alegría:

“There are celebrity chefs who manage to stay chefs and run excellent restaurants, but there are times when you wonder what a chef is supposed to be doing. TV brings people into their restaurant. But when do they find time to cook?”

¡Exigimos el premio Pulitzer para el Christopher ya!

Noticia e imagen del Chicago Tribune.

Rafael Ansón: “Hace falta un malabarista para tirar sidra”

Ya hablamos hace unos meses de lo difícil que resulta escanciar la sidra, pero leyendo info sobre las jornadas “Gijón de sidras” que se celebran este finde en Gijón, he encontrado unas declaraciones de Rafael Ansón, presidente Real Academia Española de Gastronomía, en la inauguración de la fiesta, en las que coincide con Antigourmet en su análisis del asunto. El titular que encabeza el post está sacado de contexto, por supuesto, ya que en realidad lo que dice es hasta ahora la sidra estaba “muy reservada al ‘chigre’ y hacía falta un malabarista que fuera capaz de tirarla”, pero ahora con la tecnología está al alcance de todos al poder tomarla como un cava, lo que aumentará su consumo. Pero nosotros arrimamos el ascua a nuestra sardina, como debe ser en esta guerra de trincheras que es la lucha por el titular en el bloguerío internetero, y ponemos la frase en presente.

En las jornadas, diferentes bares ofrecen sidras y habrá varios premios, los típicos de mejor escanciador, mayor número de botellas vendidas y uno a la sidra más prestosa por votación popular. Pero el premio que más me gusta es el premio a la mejor barra, en la que se valorará la limpieza y la calidad del servicio. Ya me parecía a mí que estos asturianos eran muy limpios.

Declaraciones de Ansón en Europa Press. Imagen de Info Gijón.

José Ramón Márquez: “Mezclas aberrantes y presentaciones de fantasía”

Entre el disgusto, el cansancio y el asco por el partido de ayer, y que hoy me voy a ver el documental sobre los Monks con concierto de Juanita y los Feos de postre, mis capacidades están bastante limitadas, así que hoy solventamos el post copiando un párrafo de José Ramón Márquez sobre el restaurante Bergamonte, que saco del indispensable blog Salmonetes ya no nos quedan, que escribe Ignacio Ruiz Quintano. Hay tanta verdad y queda tan claro todo lo que dice, que sobran comentarios:

“En este mundo actual, en el que la comida de los restaurantes de más fama se plantea para gentes a las que no les gusta comer, como ejercicio de puro snobismo o de huída hacia delante (fast food gourmet), a base de mezclas aberrantes y de presentaciones de fantasía más apropiadas para la alimentación de chiquillos que de hombres, parece que quizás sea el momento de volver la vista hacia la simplicidad de los fogones, hacia la gran cocina hecha por las mujeres (atrás escuelas de cocina), por las insignes guisanderas que son capaces de poner a punto un arroz abanda con su base monolítica de caldo de pescados de roca.”

Vía Salmonetes ya no nos quedan. Imagen de Siempre nos quedará París.

Fiesta del Vino Peleón: Gran Aplauso para Monforte

Gracias a Colineta me entero de la apoteósica y maravillosa Festa da Castaña e do Viño Peleón que se celebra en la localidad lucense de Monforte el próximo día 31 de octubre. La fiesta, que según La Voz de Galicia “ha dejado estupefacto al consejo regulador de Ribeira Sacra”, nos parece fundamental, por su sentido del humor y por su ataque a todos los pesados de las denominaciones de origen, a los de las tiendas gourmet, a los cursis del enoturismo y a los que van a casas rurales de cartón piedra.

¡Dios mío, el embudo es de plástico y no es Riedel!

Por fin la gente tendrá un único día para dejarse de pose y de dar vueltas al vino en una copa de cristal en la que le cabe la cabeza para liberarse y tomarse un vino asqueroso y unas castañas con unos amigos, y así arreglar el mundo.

Así que pongamos en mayúsculas y negrita a los organizadores, otorgándoles el mayor aplauso posible: Ayuntamiento de Monforte, Diputación de Lugo, Centro Comercial Urbano (CCU), la Asociación de Empresarios de Hostelería de Lugo y el Consejo Regulador de Agricultura Ecolóxica. Ya habrá otros días para los taninos, el retrogusto a madera de haya y a nueces letonas.

Monforte salvará a Occidente.

Vía Colineta. Imagen de El Aderezo.

Turrón, mercadotecnia y Berasategui

Uno de los mayores maestros del márketing cocinero es Martín Berasategui, quien, tras ofertarnos el año pasado unos canapés y unos platos congelados, ahora se descuelga -según leo en El Aderezo- con uno de los intocables de Antigourmet, el turrón.

El osado de Berasategui, mientras abre un bar en China, que estos cocineros no paran quietos, se ha aliado con José Enrique Garrigós, que es el tipo de Turrones La Jijonenca, para hacer cuatro tipos de turrón, cuyos nombres nos reconfortan: turrón de Jijona, turrón de Alicante, turrón de yema y turrón de chocolate con almendras. Así me gusta, sin concesiones (aunque el de chocolate con almendras no entre en la Santísima Trinidad del turrón).

El anuncio, como cabe en todo cocinero estrella, nos muestra lo humilde que es el personaje. Alrededor de su nombre las siguientes palabras:

- Maestro.

- Calidad.

- Suprema.

- Excellence.

¿Todo el que hace un turrón es maestro turronero? ¿Para qué necesita, para qué hace estas chorradas Berasategui? ¿Van a dejar algún producto sin tocar los cocineros estrella? ¿No podían haber elegido un envoltorio menos cutre que ese con ese gris casposo y esa foto en la que se le ve el halo de haberla recortado de otra foto?

Que no nos toquen el turrón, por favor, que bastante tenemos todos los años con esa diarrea deprimente de nuevos sabores.

Imagen y noticia de El Aderezo.

Tofu y Scotch Brite - Antigourmet en el Japón (y 2)

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No pueden estar sin él (Foto: M. Salcedo)

En el Japón se pasa hambre. No figurará en ningún informe de la FAO, tampoco es para tanto y además si pasan gusa es porque les da la imperial gana, pero después de un viaje al Japón se pierden unos cuantos kilos de lorcilla y se fomenta la inspiración sinfónica del aparato digestivo. Un vuelo transcontinental con origen en Tokio resulta ser algo así como una representación de una ópera de Stockhausen para turbina solista y coro gástrico, y la locura que se desata entre el pasaje cuando las azafatas hacen ademán de pasar con el carrito del almuerzo deja la caída de Constantinopla a la altura de un Happening. Como encontrar un japonés obeso fuera del Dohyo resulta una misión homérica, es extraño que en todas las representaciones de budas con las que nos hemos topado, éste parezca inmerso en un estado de calma casi uterina, como si fueran plenamente conscientes de que la gordura equivaliera a la felicidad. Y como además los luchadores de sumo ocupan en la escala social un lugar situado sólo un peldaño por debajo del Emperador y las flores, dudamos inmediatamente del postulado que hemos formulado al comienzo de esta entrada, ese en el que afirmábamos que la sociedad japonesa adora pasar algo de hambre, y lo cambiamos por otro que afirma que toda cultura oriental constituye un misterio insoluble.

No es extraño que la gastronomía japonesa desate la locura entre los popes de la cocina y los paladines de la comida sana. Entre los primeros pues gracias a ella pueden efectuar menús degustación a base de raciones cuánticas de pepino crudo y derivados de leche de soja, sopa de pasta de alga y arroz hervido, y cobrarlo a precio de oro, pues como bien dice pandemolde aquí nos creemos que todo lo japonés es milenario y eso tiene un precio. Si además le añaden una tajadita del buey de Kobe (gracias, eSedidió), es probable que junto a la factura les presenten al cirujano que les va a extirpar un riñón y el bazo. Y los sanotes, que son esa tribu urbana que se viste de fosforito para corretear en grupo por el Parque del Retiro, fastidiando la posibilidad de dar un paseo o sentarse a leer un libro en paz y sin tener la sensación de que a uno le está creciendo el culo por momentos, pues así tienen la posibilidad de salir a cenar a un restaurante sin necesariamente tener que ingerir alguna clase de alimento. Yo, la verdad, es que como de todo y no le hago ascos a nada, ni siquiera a una berza transconstruida (aunque el documento gráfico que cierra esta entrada pueda insinuar lo contrario), así que hablo con conocimiento de causa al exponerles mis impresiones de la gastronomía japonesa. En Japón siempre sales del restaurante con un poco de hambre, aunque hayas elegido el menú que costaba más yenes (lo normal es que no haya carta en inglés y elijas el menú cerrado que te parece que tiene más platos. Evidentemente, en ningún momento sabes qué coño te estás comiendo). Además, como la comida resulta bastante insípida y algo tienen que ofrecer a cambio de tu dinero, la presentación es impecable y casi da pena ponerse a remover el plato con los palillos. Todo lo que te comes tiene algún sentido que va más allá del puramente gustativo. Esto es bueno para la piel, te dicen, aquello para el pelo (observación que desató miradas de reojo, pues estoy bastante calvo). Comer con palillos es bueno para el cerebro (pero para las sopas se han bajado el kimono y siempre ponen cucharas). Y así todo. Sabes que una cena ha llegado a su fin cuando te traen la sopa de miso, que es un plato que eleva a la sopa de ajo a la altura de la Capilla Sixtina, y un cuenco de arroz hervido; un cierre que le da a toda la cena un carácter de convalecencia  posoperatoria bastante inquietante. Los dulces no existen (probablemente el suflé de Lhardy, el mejor postre del mundo, provoque desmayos y nirvanas entre los turistas nipones que tengan la suerte de probarlo) y la cerveza es bastante buena y se sirve en unos preciosos vasos de barro.

Los peligros que nos pueden llegar son el tofu y la manía de cubrir las sopas con estropajos (véase foto supra.). Son algas, pero parecen Scotch Brite. Para que se hagan una idea de la amenaza que supone el tofu si nuestros enemigos descubren la manera de tomarnos el pelo con él, les transcribo lo que nos cuenta la guía Lonely Planet Japón, edición en español, páginas 89 y 90:

Normalmente elaborado con habas de  soja, es una de las creaciones japonesas más sublimes (…) Tanto el momen como el kunigoshi deben su nombre a la técnica para escurrir la leche de soja caliente: si el material usado es algodón, el tofu sólido resultante es el momen; si se emplea seda (kinu) se obtiene el kinugoshi”

Resulta comprensible, y además supone toda una definición de lo que es comer en el Japón, que la autora de las fotos que acompañan esta entrada, persona totalmente ajena a la existencia de algo como Antigourmet, mientras nos atizábamos un desayuno occidental con todas las de la ley, observara sin dejar de masticar una combinación de huevos revueltos y rebanadas de pan con mantequilla:

- Probablemente en el pueblo al que vamos hoy sólo haya comida japonesa.

Y prosiguió, increíblemente seria, sin la más mínima intención de hacer un comentario ingenioso:

- Así que aprovecha ahora para comer.


Antigourmetita en apuros (Foto: M. Salcedo)

Antigourmetita en apuros (Foto: M. Salcedo)

Carne de Kobe - Antigourmet en el Japón (1)

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Vaya torito, ay torito guapo, tiene botines y no va descalzo

Ya se sabe que en Antigourmet los tenemos cuadrados como sandías niponas, pero por si hacía falta una muestra más, aquí tienen una historia que da fe de ello. No se preocupen, no exhibiremos documentos gráficos, aunque haberlos haylos, y muy buenos.

En cierta ocasión, en una razzia que hicimos por Vinarium con el propósito de cargarnos todos los decantadores de vino que pudiéramos alcanzar y de paso ver gourmets de cerca y en su ambiente, nos topamos de bruces con lo que en principio creímos era un extraterrestre y que finalmente resultó ser un conocido bloguero, además de, según entendimos, inventor de la penicilina ultrasónica y varias cosas más que ni se pueden imaginar, y lo decimos literalmente. Su (de ustedes) cavidad craneal no está lo suficientemente desarrollada para ello. Por culpa de alguna técnica mesmérica que tampoco es que nos interese, terminamos la incursión prestando atención a lo que Cucharete (bajo ese nombre se nos presentó esta especie de primo marciano de Sun Ra) nos contaba sobre el buey de Kobe y sus filetes. Al parecer, los solomillos que aquí los jetachefs llaman kobe, no son en realidad kobe, porque kobe sólo hay en Kobe, sino que son de una raza bovina que se cría con no tanto mimo en las afueras de Hobbiton y que es la misma que trisca y pace en la prefectura de Kobe, y que además no se llama kobe sino wagyu, allí y en Vheissu, que cae bastante cerca. En cualquier caso, parece ser que una raza de exportadores mongoles que surcan los mares en cargueros de bandera kazaja, y sólo en temporada alta de tifones, se ocupan de que únicamente Cucharete y sus iniciados hayan catado el maldito buey, y sepan por tanto que todo lo que hayan probado ustedes podrá ser lo que sea, pero no es kobe de Kobe, digo Waygu de Kobe, es decir la vaca negra que masajea una cohorte de ninjas para que sepa mejor cuando caiga en la sartén.

Como es natural, aunque hubiéramos entendido algo no nos lo habríamos creído, y terminamos investigando por nuestra cuenta. Y sí, al parecer a la vaca le dan frotis-frotis y cerveza, e incluso algún tarado con tendencias kamikazes le mete sake por el gaznate al desgraciado bóvido; y sí, es cierto que quedan algo así como cuatro ganaderos de auténtico Wagyurrl viviendo en oscuros desfiladeros de las montañas japonesas. Y es cierto que probablemente lo que ustedes hayan tomado fuera de Japón en algún gastrobar de moda sean vacas criadas en Nueva Zelanda a partir de dosis de semen congelado, pagadas a precio de órgano vital y pasadas de matute en el interior de un boli multifunción de Hello Kitty.

Pero como a nosotros no se nos sube nadie a la parra, salvo tal vez Sánchez Dragó, a quien dedicamos aleluyas de no poco ingenio, y como además el Japón es sin duda el Paraíso del gourmet y el Parnaso del papanatismo buenrollista, allá que nos fuimos a ver qué se cuece, y ahora se lo contamos.

Después de varias semanas intentando dilucidar qué es antigourmet en el Japón y qué no lo es, algo realmente difícil en un país donde desconocen el gotelé pero que por otro lado un buda celulítico y dorado es considerado un paradigma de la elegancia y el buen gusto (algo que aprobamos sin vacilar un segundo), y después de probar todo lo que se puso a nuestro alcance, incluida una sopa con scotch brite (resultó ser un alga bastante insípida, como casi toda la comida japonesa), decidimos que ya era hora de ir a por la vaca esa del millón de dólares. La idea inicial era robar una ternera de un establo y asarnos nosotros mismos las chuletas de estraperlo; no entraremos aquí en las causas que impidieron llevar a cabo semejante operación. Así que una vez frustrado nuestro plan, nos infiltramos en el sitio más gourmet de Kyoto que nos pudimos echar a la cara, que resultó ser el ITOH DINIG. Si a usted se le ocurre visitar Kyoto y le apetece zamparse una ración de vaca de Kobe, y además no tiene vergüenza de que le vean cenando en un lugar tan elegante que estornudar da miedo pero en cambio sí gasta una cartera de gruesas dimensiones, reserve una mesa, siéntese en el suelo, elija un menú según la cantidad de chichis que quiera gastarse (no hay carta en inglés) y ale, a jamar.

De las otras costumbres culinarias del Japón y de las medidas que debemos tomar para que nuestros gastrochorras jamás descubran el tofu hablaremos otro día. Hoy les confesamos:

La carne de la vaca de Kobe está muy buena (sí, se deshace en la boca y todo eso que hayan podido contarles)

Y proclamamos:

Pero no tanto como una simple tapa de magro de cerdo del Museo del Jamón.

Nuestra fe es irreductible, porque es la verdadera.

En la Disneylandia del amor, el champán es rosa

Al igual que los cigarros esos estrechos y largos todos sabemos que el champán rosa es de putas. Ahora Freixenet saca una nueva colección de Miniblack Rosé con un diseño muy molón -a medio camino entre una lata de aceite Carbonell y una camiseta de Custo Barcelona-, que incluye copas de plástico para tomarlo en cualquier lado, en cualquier hostal (aunque en el post de Neo2 digan que es para tomar en “azoteas de hoteles”).

A la vez, leo en El Aderezo que hay varios vinos de Hello Kitty, entre ellos un Kitty Brut Rosé. No sé si la bodega Tenimenti Castelrotto fomenta que las niñas beban alcohol, y al sacar un champán rosa, que encima se metan pilinguis, como hacen todas las series de la tele de Antena3 Televisión, pero es un poco raro. ¿Alguien se imagina una cerveza de los Teletubbies? (Ya sé que Hello Kitty lo comparten las niñas con miles de chicas mayores de edad, que a mí también me sigue gustando Mazinger Z).

Ya lo decían Fangoria:

“Tras esta puerta encontrarás mi altar.
Entremos en mi habitación,
La cama es rosa.
En la Disneylandia del amor
La luz es roja.”

Imagen de El Aderezo.

Llega “Aló Adrià”, la serie de elBulli

El genio del autobombo ha vuelto a colárnosla a todos, que repetimos como loros las bobadas que dice. Es una máquina el tío, hay que reconocérselo. Abre la boca, dice tres frases y todos los periódicos y los blogs de cenutrios -como Antigourmet- le damos cancha. Aunque en realidad no sea más que el Hugo Chávez de la cocina con su verborrea. Hoy ha presentado una serie de televisión sobre su bar. La supercursilada del título de la serie que pago con mis impuestos, “elBulli, historia de un sueño”, ya lo dice todo. Mejor le iría a la serie si se llamara Aló Adrià.

Así que la serie producida por TVE con el dinero que me roban servirá para que Adrià diga estupideces como el titular de El  Mundo de hoy “Mi programa y yo vendemos felicidad”, dignas de Kim Jong-il, frase tan deprimente como definitiva. ¡¡Claro que nos vendes, Ferran, nos vendes la burra, o la felicidad, o lo que tú digas, porque encima lo que nos vendes te sale gratis porque juegas con mi dinero!! La serie de Adrià es como los anuncios de los partidos políticos de las elecciones, son gratis y se usan para vendernos felicidad. Claro que la felicidad es siempre la suya, la de los partidos, y en este caso la de Adrià y su secta de embaucadores.

Imagen de Que tingui Grapa!

Sobre el buscador de setas por GPS

Mi cultura micológica se resume en la arrolladora belleza de la escena de El espíritu de la colmena en la Fernán Gómez, Ana Torrent e Isabel Tellería salen por un pinar a por setas, e ingenuo de mí, le pasé a mi amigo Jacobo -gran experto en eso que en Antigourmet nos da tanta grima que se llama boletus- la noticia de la salida de un GPS que ayuda a encontrar y reconocer setas cuando vas por el monte. Me permito copiar su antigourmetiana respuesta, incluso aunque insulta una de mis mayores fuentes de vestimenta, Coronel Tapiocca:

Hace años que conozco el tema.

Muchos buscadores o asaltadores de setas se llevan un gps, Garmin creo que era la marca porque era más chulo y más caro que otros, para “recordar” dónde estaban sus tesoros. A mí siempre me pareció una gilipollez, porque lo más bonito de ir a por setas es darte el paseo por el monte y es muy raro que la gente aficionada a las setas no recuerde el lugar donde las recogió. Así que creo que llevar un Garmin por el monte embutido en tu pantalón, camisa y chaleco de coronel tapioca para ir a por las setas que están en el mismo lugar de todos los años (unos años más y otros años menos) me parece, cuando menos, una horterada del tamaño de un piano, a no ser que te lleves contigo a unos cuantos amigos para fardar (que eso mola), pero elígelos de entre los amigos no tan amigos, más bien idiotas idiotizados con la tecnología.

Ahora lo que proponen es peor porque lo de incluir imágenes es insensato, simplemente. Nadie debería ir a recoger setas partiendo de una guía con fotos de setas, porque las setas no presentan siempre, ni mucho menos, el mismo color y ya no te digo de cosas como la consistencia, el olor.. etc. por eso siempre hay que ir acompañado de alguien que sepa mucho más que tú de setas y de una guía buena, con buenas descripciones, no con el semanal de El País, por ejemplo. Y si ni así puedes identificarla pues te vas a los buenísimas asociaciones micológicas que hay en toda España y que se reúnen siempre los lunes y la identifican.

Y ahora el hortera con pelas que antes no salía al monte ni de coña, saldrá por fin al monte a envenenarse.

A mí plin.

Acaba su texto con un bicos que te hace recuperar el aliento. Y tiene toda la razón en lo que dice. Yo, que no distingo un cogordo de una piedra, no me fiaría de ese chisme ni de broma, realmente solamente de fío de una seta cogida en el campo si la ha cogido él, el resto, prefiero que me las den envasadas, un poco como en la ya mítica anécdota de la abuela de Punctutrón, que ante la frase del camarero “tenemos de postre fruta y flan” ella preguntaba si era casero, y el camarero “por supuesto, señora”, y la abuela, siempre sabia, decía “entonces tráigame fruta”.

Jacobo, desde aquí estás invitado a ser redactor de Antigourmet. Para acabar, la escena de El espíritu de la colmena. Ahí es nada.

Cohete: Nostalgia de las comidas campestres

Gracias a mi amigo Chico con tijeras le presto más atención al nuevo vídeo de los maravillosos Cohete, El club cocina, donde con su desenfado habitual, a medio camino entre Derribos Arias y Patrullero Mancuso, nos presentan una comida campestre de cuando éramos pequeños.

Ahora en España ya casi no existen -en Portugal sigue siendo una pasión eso de comer en el monte-, que nos hemos sofisticado hasta la ridiculez, pero recuerdo haber ido cientos de veces a la Casa de Campo a comer allí, cuando se podía aparcar en todos lados y no había putas, en nuestro Renault 8. Tortillas de patatas, empanadillas, filetes rusos, casi como en el vídeo, que parece grabado también en la Casa de Campo con ese color polvoriento tan bien logrado de todas las películas en vídeo o súper 8 de aquellos años.

Estaría bien que ante el derribo de los chiringuitos playeros la gente se cogiera otra vez la nevera y se pusiera a comer en medio del campo. Algunos políticos que van de finolis (el máximo ejemplo es, por supuesto, Gallardón, que ante algo mínimanente castizo le entra una urticaria galopante) se morirían en el acto, al ver que intentando quitar la caspa de las comidas en los chiringuitos, les salía el tiro por la culata y llegaban las supercaspas de las comidas en plein air.

Polidor, 150 años de tradición

Antes, siempre que iba a París, iba a cenar un día a Polidor. Las últimas veces no he ido, aunque la semana que viene, que me voy para allá, a ver si me paso a comer un día.

Me recordó este lugar Juan Pedro Quiñonero en un post de su blog Una temporada en el infierno sobre este restaurante, por el que me enteré que fue uno de los lugares favoritos de héroes como Rimbaud, Verlaine, Antonio y Manuel Machado, Ramón Gómez de la Serna, Joyce, Hemingway, Max Ernst, Artaud, Ionesco, Boris Vian, Jack Kerouac o Raymond Queneau. Ahora, desde luego, miraré el lugar con otros ojos.

La primera vez que fui elegimos el lugar porque tenía tarta tatin casera, tras interrogar a un par de camareros a ver si nos decían lo mismo. Y desde entonces he ido unas cuantas veces, cocina tradicional por un tubo, ya sea al salón principal o a las mesas corridas del fondo. Se lo recomendé a una amiga mejicana y su mayor shock fue ver que en París todavía hay muchos sitios en el que los baños son un simple agujero (ver enlace). No fue al baño, claro.

Uno de los sitios de París -rue Monsieur le Prince 41, metro Odeón- donde, como dice Quiñonero, “escapar a la horda turística y encontrar refugio para el cuerpo, el alma, la vida”.

Imagen tomada el 15 mayo de 2009 por JPQ.