
Diferentes instrumentos de tortura de la civilización contemporánea
Ayer asistí a un espectáculo bochornoso. Quizá se deba a mi poco mundo, porque no lo había visto nunca. Me fui con mi jefe a una reunión mañanera a Santiago de Compostela y al acabar nos fuimos los dos a comer a un mesón que había al lado del sitio de la reunión, en las afueras de la ciudad.
Pide mi jefe una botella de vino -el muy sibarita me dijo que me iba a sorprender, no debía acordarse de que no tengo ni idea de vino- y la camarera trae tres compas y un decantador, una especie de botella de leche de cristal. Abre la botella, echa todo su contenido en la botella de cristal y luego echa un chorrito en una de las copas. La camarera pega bien la copa a la mesa y agita su contenido en círculos, cuando acaba levanta la copa y girando la copa echa el contenido a otra copa. Vuelve a repetir el extraño ritual con esta nueva copa, echa lo que queda en una tercera copa y esa se la da a probar a mi jefe.
Si todo esto ya me parecía absurdo con la sed que tenía, va mi jefe, pone mala cara y dice “no sé, no sé”. Prueba el vino la camarera y dice “Ha perdido algo de fuerza” o algo así. Así que se lleva la jarra, las copas y toda la gaita y me quedo sin vino. Mi jefe elige otra marca, se vuelve a repetir la locura que había presenciado y, menos mal, este pasa el listón.
Tan terrible me pareció el show que tuve que tomarme dos licores café de postre para olvidar tamaña afrenta, licores que también me valieron para dormir como un bebé en el vuelo de vuelta a casa. Eso sí, el arroz con vieiras estaba buenísimo.
Imagen de Las Fincas Vinoteca.
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