
Andoni Luis, echando un bistrotrago (foto: www.elcorreodigital.com)
Andoni Luis Aduriz, además de estar a la siniestra de Satanás y de jugar al Quimicefa en su restaurante, se dedica a escribir en sus ratos libres, entre guisante lágrima y salsifí fosilizado, y a nosotros nos parece muy bien, porque en eso nos parecemos mucho y nos hace sentir muy cultos, entre albarán y protesto de letra. El periódico El País publica regularmente algún artículo suyo; el que en esta ocasión nos ha llamado la atención es el aparecido el pasado día 4 de mayo, titulado “Los nuevos fogones sencillos“.
Aparte de la memez de considerar la cocina un arte, que ya hemos definido alguna vez como el ansia tanto de los cocineros de ser artistas como de los clientes de sentirse cultos simplemente llenándose la panza junto a los amiguetes (porque no, Andoni Luis, gracias a Dios aún no es lo mismo la Capilla Sixtina que una pieza de ternera de leche asada entre brasas de sarmiento), Aduriz cree haber encontrado la causa de que los restaurantes bistronómicos provoquen furor entre las masas. No sé entre ellos, pero desde luego entre nosotros sí que desatan el furor, y aquí la exactitud del término nos hace ver que, más que ante un cocinero, estamos ante una pluma fina. Furor: cólera, ira exaltada.
El término bistronómico lo inventó el periodista francés (una asociación aterradora) Sebastien Demorand (nos llegan rumores de que por ello está propuesto para el Premio Príncipe de Asturias de las Artes), y según Aduriz es una fusión de las palabras bistrot y gastronomía. Esto no está claro, pues según otro escalofriante artículo publicado en El País, La alta cocina busca sitio por debajo del Olimpo, en el que entre otras aberraciones se puede leer a Adriá afirmar “Hay que salir del tema elitista. Encontramos normal la emoción en el fútbol, pero si dices que lloras ante un plato magnífico dicen que eres un cursi. Cuando superemos esto vamos a ser líderes de verdad“, el aborto viene de bistrot y económico. Exigimos ya mismo a la FAO que aclare este lío, pues uno ha de saber dónde come.
Y no es de extrañar que nada esté muy claro, pues la explicación de Aduriz llega en los dos últimos párrafos del artículo y es digna del Heidegger más oscuro. Léanlos si tienen valor.
A mí me parece que el número de personas que tienen interés en que la exégesis de un plato de garbanzos sea el centro de atención durante una cena es bastante limitado, y más aún si para ello se tienen que dejar más de 200 euros. ¿Cuántas personas viven fascinadas por las nuevas tendencias de la cocina actual?. No creo que sean muchas, y además por razones de salud tienen que limitar sus visitas a los restaurantes de vanguardia, pues de vez en cuando necesitan comer de verdad. Así que un avispado se busca unas cuantas palabras en francés, las junta, y ya tienen ustedes un sitio donde pueden comer lo mismo que en los restaurantes, pero en todavía menor cantidad. Vayan, compruébenlo y si quieren después quedamos en un bar y nos lo cuentan.
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