
Los cultivos ecológicos de Le Pain Quotidien
¡Alégrense, madrileños!. Sus conciencias, que seguro que de vez en cuando asoman para darles un rato la tabarra, se dan un respiro: por fin en Madrid se puede uno acercar a Le Pain Quotidien, desayunar gastándose la pasta gansa, con el Porsche Cayenne aparcado en doble fila justo delante de la puerta, y al mismo tiempo tener la tranquilidad de que allá en Túnez, en los extensos olivares Chetoui que rodean la localidad de Tebourba, la familia Mahjoub sigue elaborando el aceite de oliva como lo hacían sus antepasados hace siglos. Suponemos por tanto que no utilizan tractores, ni luz eléctrica, ni agua corriente. ¡Que se jodan!.
En Le Pain Quotidien todo es bonito. Los camareros (que también son muy bonitos) llevan camisetas negras fabricadas con algodón ecológico; las mesas son de madera reciclada (y con todo el morro en su web aseguran que no se ha cortado ningún árbol para poder tener esas mesas. Entonces, ¿no es madera natural?¿Lo sintético es orgánico?. Sospecho que por mucho que sea reciclada, alguna vez se tuvo que cortar un arbolito); la mantequilla es orgánica, es decir que tiene restos de bosta de vaca, aunque sean microscópicos, y la mermelada de fresas proviene de la huerta ecológica. Así todo. El resultado final es que un café con leche y un cruasán normalito salen por más de 4 euros, es decir más de 800 pesetas. No hace mucho te tomabas un desayuno de 800 pesetas y podías estar una semana sin comer.
Cualquiera que haya estado alguna vez en una granja algún tiempo más del necesario para lucir barba de tres días, pañuelito palestino y una Nikkon de 1.000 euros, se da cuenta enseguida de que lo natural es una guarrada. La leche recién salida de la ubre, por ejemplo, aparte de ser un foco de bacterias, sabe fatal. El culto a lo orgánico es la última parida que se han inventado los popes de la gastronomía para cobrar unos euros más y de paso ahorrarse las medidas sanitarias que todos deberíamos exigir. Pero en esta sociedad de hoy, donde nos encanta jugar a ser pobres y nos avergonzamos de habernos civilizado, cualquier cosa que suene a ancestral nos parece maravillosa. Y sí, las cuevas de Lascaux son una maravilla. Y la catedral de Burgos. Incluso los guerreros de terracota que hay en la China, aunque sean fruto de una civilización que aún come ayudándose de dos palos. Pero la peste también es ancestral y es mala, mala. Y la brucelosis, también conocida como fiebres de Malta. Y las garrapatas. Y las ratas. Si siguen proliferando los locales orgánicos (fíjense que su mismo adjetivo ya es esqueroso: nos provoca imágenes de estómagos, hígados, riñones, todos supurando líquidos gástricos o ácido úrico o pus), no nos va a quedar más remedio que imitar la actitud de una sabia tía mía, que a la hora de elegir el postre en un restaurante siempre hacía las mismas preguntas.
- ¿Qué tiene de postre?
- Fruta y natillas
- ¿Las natillas son caseras?
- ¡Por supuesto, señora!
- Entonces tráigame fruta
Nota: La historia de la familia Mahjoub está sacada de un folletito que te dan en el Pain Quotidien al acabar de desayunar; así los clientes la pueden leer con deleite mientras intercambian emails y llamadas a través de su dispositivo 3G, que suponemos funciona a pedales y no emite radiación alguna.
Le Pain Quotidien tiene tiendas en Fuencarral 95 y Velázquez esquina a Juan Bravo
Comentarios recientes