
Fila de abajo: Lucifer, demonio menor (quizás Orugario), Mefistófeles, Azazel, Escrutopo, Belcebú, Belial, Belfegor y Asmodeo. Fila de arriba: varios demonios menores rodeando al Gran Satán
La noticia publicada en El País de hoy, encabezada por un espectacular titular (”Un polo de alta cocina“), ha sembrado la inquietud entre los leales a nuestra causa, y desde su misma publicación los teléfonos y otros medios de comunicación más sofisticados no han parado de emitir mensajes de pánico en todos los idiomas conocidos. Lo que en un principio parecía una noticia más sobre la última bobada de los cocineros, pues siguiendo al citado titular la noticia empieza diciendo que “La idea ha estado muchos años en el congelador, pero por fin ha entrado en el horno para coger forma“, y por tanto hizo vaticinar al tovarish Pandemolde un futuro plagado de “helados caramelizados, hidrogenados y esferificados“, ha terminado por ser, una vez leída con detenimiento, uno de los símbolos más conspicuos de la decadencia de nuestra amada y maltratada Cultura Occidental.
Los cocineros acomplejados, aquellos a quienes no les parece suficiente ejercer el dignísimo oficio de dar de comer a los demás a cambio de dinero y claman por el reconocimiento social sabiendo que es un arma poderosísima a la hora de mamar de la teta común, se las han apañado para que la Mondragon Unibertsitatea (aquí les echo una mano y les traduzco: Universidad de Mondragón) haya puesto en marcha, con el propósito de abrir sus puertas en el curso 2011-2012, la primera Facultad de Ciencias Gastronómicas de España y segunda del mundo. La primera se abrió en Piamonte, algo que no debería sorprender a nadie pues los italianos siempre han sido maestros de la nada e imbatibles a la hora de vender humo, ya sea el jamón de Parma, Gianni Bugno o el Renacimiento. En la Universidad de Mondragón a la facultad le van a dar el hilarante nombre de “Basque Culinary Center” (en breve BCC, suponemos), y se espera que logre “situar a Euskadi y España en la meca internacional de la alta cocina y las ciencias gastronómicas“. Cómo no, ya está prevista la creación de un Centro de Investigación e Innovación en Ciencias Gastronómicas que les permita crear a dedo las plazas necesarias para que aquellos que no quepan en el Basque Culinary Center puedan tener un jugoso sueldo a cambio de perder su tiempo y nuestro dinero. La mitad de la financiación de este esperpento corre a cuenta del Ministerio de Ciencia e Innovación, y el resto del Gobierno Vasco, la Diputación de Guipúzcoa y el Ayuntamiento de San Sebastián.
Si ya tenemos unas Ciencias de la Información y unas Ciencias Ambientales con sus respectivas Facultades, no debería sorprenderme mucho la creación de la de Ciencias Gastronómicas. Era el paso lógico que tenían que dar los cocineros para poder cobrar 140 euros por cubierto. Llegará el día en que no dejen cocinar a quien no este colegiado en el Ilustre Colegio de Gastrónomos de su demarcación, tal y como se hace coercitivamente en otras profesiones. “¡Ah, amigo! Friéndose unas empanadillas ¿eh?. ¿Dónde está su título de Ingeniero Gastrónomo por el Basque Culinary Center u otro centro homologado? ¿Y puede usted mostrarme el proyecto visado por el Colegio de Gastrónomos? ¿Tiene todos los anejos pertinentes, incluyendo el de distribución de sartenes y su estudio de la temperatura de aceite y de prevención de salpicaduras y caídas involuntarias de pelos de sobaco en la sartén, también llamado ETAPSCIPSS? ¿No? Pues me rellena este impreso, lo pasa por Registro y ¡al trullo! ¡Que te vas a hinchar a comer las ostras de nuestra huerta confitadas en salsa de kikos!” (nótese que es obligado tuterar al reo).
Ahora proliferarán como setas este tipo de programa de estudios y cada universidad tendrá su facultad de triperos. Lo de menos es que llegue el día en que una buena tortilla de patatas sea un mito, como el unicornio, las hadas o la Revolución Francesa. A mí personalmente me entristece mucho que de lo único que se pueda presumir es de saber cocinar muy bien, y esa jactancia es una característica bastante común entre los vascos. Hasta en el anuncio que ahora se emite en la televisión se hace mucho hincapié en el hecho de que en el País Vasco se come muy bien, como si no pudieran aportar nada más. Sabido es que uno de los síntomas de la decadencia de las civilizaciones es el refinamiento en el comer; el potencial de la mente humana se puede emplear en darle la vuelta al concepto de pil pil o en buscar nuevas fuentes de energía. Los escoceses no pueden presumir de gastrónomos precisamente, pero sí de ser los inventores o descubridores de los antisépticos, la fotografía en color, el punto decimal, la alarma contra incendios, la insulina, los logaritmos, la morfina, el barco de vapor, los ultrasonidos, el telescopio… incluso la mermelada. Pero es que en Guetaria hacen un besugo que te mueres de rico, qué bien.
La sociedad en que vivimos acogerá con entusiasmo la creación de estas nuevas Facultades; no nos engañemos, nosotros somos los culpables. En el fondo lo único que están haciendo es saciar nuestra ansia de cultura fácil, de sentirnos cultos e inteligentes, y lo logran elevando a la categoría de arte cosas como la gastronomía, el cine, o la música pop; es decir cosas que están muy bien y son muy reconfortantes, pero que no pasan de ser un entretenimiento.
Este mediodía he visto en televisión a Karlos Arguiñano esferificar una aceituna. Como lo leen. Ha cogido un buen puñado de aceitunas, las ha medido en la batidora, les ha añadido unas cuantas sales y otras marranadas y las ha vuelto a esferificar. Espero que sea una asignatura opcional.
¡Catedrático!
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