El asunto no es nuevo, de hecho conozco verdaderos snobs que hace tiempo que han renunciado a convertirse en auténticos especialistas en la cata de aguas en cuanto se enteraron de que ya cualquier hijo de vecino es capaz de citar sin despeinarse 40 ó 50 recónditos manantiales de las Islas Feroe, y por tanto automáticamente han pasado a centrarse en otros asuntos, como las distintas variadades de hortalizas (siempre cultivadas orgánica o ecológicamente, es decir sin tratar y tal como los cría la Naturaleza: llenitas de caca de la vaca) y las distintas maneras de combinarlas con destilados de etiqueta victoriana y precio estratosférico, para terminar poniendo de moda guarradas como el gintonic de Hendrick’s con pepino, que es la última gilipollez que te debes tomar en los lounge de moda si quieres molar mogollón. A la sede de Antigourmet llegan inquitantes rumores de que el dry martini con nabo (el vegetal, el que no importa nada) empieza a triunfar en el eje José Abascal - Castellana y pronto arrasará en todos los bares de copas de Madrid y por tanto en el mundo entero.Pero ese es otro tema. Como decía, efectivamente las cartas de aguas proliferan desde hace años; basta con buscar en la internet “carta de aguas” y empieza uno a encontrar cosas que le ponen los pelos de punta:
“Los hoteles y restaurantes de categoría que se precien de satisfacer los gustos más exigentes de sus clientes han empezado a introducir las cartas de aguas minerales. Proceden de partes muy distintas del mundo, con sabores y propiedades muy singulares. Se trata de marcas de aguas minerales que en diferentes países son consideradas las de mejor calidad y son las más apreciadas por los gourmets más exigentes.”
No teníamos bastante con esas cartas de vinos que parecen novelas rusas y que siempre ocasionan que el pesado de turno con el que compartimos mesa se vea en la obligación de lucir el que acaba de realizar el mejor curso de cata de España, y por tanto se tire dos horas para elegir una botella de CVNE, sino que ahora además les dan la oportunidad de que se lo pasen chupilerendi eligiendo una botella de agua que sea muy mona entre una colección de 50 (que son las que ofrecen en La Sucursal, por ejemplo).
Tengo varias dudas. Primera: ¿el agua también te la dan a probar y por tanto puedes rechazarla?¿Bajo qué conceptos se puede rechazar?. Segunda: ¿la chapa se huele, como el corcho de las botellas de vino?. ¿Y también te la ponen en un platito, y allí se quedan durante toda la comida los dos, el corcho y la chapa, para que se pueda hacer el ridículo a voluntad olfateándolos cuando quieras disimular un eructo peleón?. Tercera: ¿somos tontos o qué?.
Afortunadamente, aún quedan aldeas irreductibles al invasor. Hace dos semanas un buen amigo tuvo el gran detalle de invitarme a cenar a un restaurante de postín, a uno de esos en los que ya los entrantes están a precio de órgano vital y a uno lo tratan como al Zar de todas las Rusias según atraviesa la puerta aunque llegue a lomos de un Renault 5 (este gran detalle de invitar es algo que cualquiera de ustedes debería darse el gusto de tener con nosotros, ¡anímense!) y evidentemente allí no había nada que se pareciera a una carta de aguas. Bezoya fresquita a discreción, para qué perder tiempo y dinero buscando lo mismo pero con otro nombre. ¿O acaso se creen ustedes que algún manatial de Nueva Zelanda es más bueno para la nariz que el agua Bezoya?. Busquen, busquen…
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