Mientras esperamos en un estado cuasicataléptico a que empiece el Chocomad el próximo fin de semana, pues en Antigourmet somos muchos los que pensamos que los dos primeros platos de una comida son una mera excusa para para zamparse un postre, y que la tan extendida costumbre de saltárselo y pasar directamente al café (o a cosas peores: ¡al Espesso!) debería estar castigada con la muerte, y por tanto la perspectiva de la panzada golosa de tres días de duración anula nuestras constantes vitales más prescindibles; mientras aguardamos el (esperemos) babilónico festín del fin de semana, decía, seguimos la serie iniciada con las odas al morcillo del Toscana y al Lomito Andino y les presentamos otra obra maestra de la gastronomía de verdad y una de esas pocas cosas que nos ofrece la vida y que no admiten discusión (vamos, como Dios, la Patria y el Rey, o si lo prefieren como el materialismo dialéctico). El bocata de panceta de La Terracita está que te cagas y no hay más que hablar.
Los no iniciados y aquellos que no se mueven del distrito de Salamanca (los unos) o del de La Latina (los otros) cuando buscan la “excelencia en el comer” (sonoro ¡puagh! a la expresión y ya de paso a la cursi campaña Madrid Excelente), La Terracita puede ser difícil de localizar. La Terracita se encuentra en la Calle del Parque de la Paloma sin número, barrio de Orcasitas, distrito de Usera, Madrid; llegan ustedes a la citada calle, bajan la cuesta que lleva a los campos de rugby y ya empezarán a recibir los efluvios de la chisporroteante grasa porcina. Si uno llega a una hora temprana, digamos a las diez de la mañana, con ganas de tomarse un café y una napolitana antes de ver un par de partidos, le van a decir que de eso no tienen y le ofrecerán el bocata de panceta o el de chorizo frito (”si se espera usted un rato tendremos montaditos”, proponen como solución alternativa). Es importante rechazar el chorizo, que repite una barbaridad, y nuestro consejo es que le eche usted un par de huevos y se zampe la panceta y una jarra de cerveza a las once de la mañana. ¡Eso es un hombre! ¡Eso es una moza!.
En La Terracita la oferta está limitada al los dos citados bocadillos y raciones de croquetas (congeladas pero caseras, y en un alarde de sofisticación decoradas con una gotita de mayonesa) y gambas gabardina; en la pizarra se puede adivinar que en tiempos remotos llegaron a ofrecer un bocadillo de calamares, pero ahora está borrado. Habrá que esperar a que se encuentre y pesque el Leviatán para que en La Terracita consideren que se cumplen sus exigentes parámetros de calidad y se dignen a elaborarlos de nuevo.
La Terracita es uno de esos bares en los que se conserva la sana costumbre de anunciar a grito pelado que sale de cocina un plato de comida para que el paisanaje se entere y se arremoline a tu alrededor, así que además de comer bien haces amigos. Insistimos, ignoren toda la tentadora oferta culinaria a su alcance y pasen directamente a la panceta: elaborado con pan de barra del día y de tamaño adaptado a las dimensiones de la loncha de panceta, que en ocasiones bien podría pasar por un chuletón de ávila, el artefacto chorrea grasaza cumpliendo la norma canónica que indica que para comerte un bocadillo de calidad es necesario echar mano de al menos diez servilletas de papel. Dense prisa, porque no sería de extrañar que la autoridad sanitaria supuestamente competente lo acabe prohibiendo; el bocadillo de panceta de La Terracita puede que no sea saludable, pero a quién le importa. Tenga su tarjeta sanitaria a mano, devore tantos como pueda y pase a formar parte de la numerosa familia de personas que orgullosamente han sustituido su nombre de pila por el sobrenombre de “el Panceta”.

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