Leo en El Día que a principios del pasado mes de octubre, El Pleno de la Junta General del Principado (de Asturias) aprobó por unanimidad una propuesta no de ley presentada por tres grupos parlamentarios (PSOE, PP y una amalgama de siglas que seguramente incluye a Los Verdes y a algún otro partido defensor de los derechos humanos de la bosta de vaca; francamente, no tengo la paciencia necesaria para averiguarlo) por la cual “se insta al Gobierno a favorecer la significación de la gastronomía como parte integrante de la cultura de la Comunidad Autónoma y declararla Bien de Interés Cultural Inmaterial”. Al parecer, este acuerdo se tomó en un fin de semana, así que si bien es fácil imaginar las condiciones bajo las que se llegó a la unanimidad, no lo resulta tanto el calcular los hectólitros de sidra que ayudaron a llegar a tan buen fin (para ellos).
Para todo antigourmetita correctamente titulado, la fabada asturiana es un tótem (literal; la fabada es emblema protector y ascendiente y progenitor de todos nosotros) del buen comer y el arma más poderosa que posee para defenderse de los ataques de la mala cocina moderna, y si ahora los politicastros amenzan con meter sus manazas para protegerla, el paso que queda para que llegue algún guarro y la deconstruya es muy corto. No hace falta ser muy listo para saber que todo esto no es más que otro chollo mediante el cual ponerse hasta las cejas a cuenta del contribuyente, y el intento de disimularlo no hace sino que resulte todavía más irritante. Particularmente ofensiva es la orden de que la gastronomía asturiana sea “puesta al servicio de los investigadores”. No te jode.
Mención aparte merece la declaración de “Bien Inmaterial“, que me ha sumido en unas dudas filosóficas y en unos ejercicios de hermeneútica aplicada que han durado varias noches de insomnio. Siguiendo un procedimiento analítico francamente repelente, uno llega a la conclusión de que si la gastronomía es inmaterial, la fabada también lo debe ser, y por tanto allá en el mundo de las ideas platónicas representaciones ideales del Consejero de Cultura del Principado y sus allegados se están poniendo tibios de LA fabada. Descomponiendo ésta en tocino, morcilla, fabes y otros ingredientes, se llega fácilmente a la conclusión de que no podemos hablar de ESTE tocino, ESTAS fabes, ESTE chorizo, etcétera, y por tanto todos son inmateriales, y así sucesivamente. Como el mismo razonamiento se puede aplicar al Pleno de la Junta Principal del Principado, propongo desde ya dejar de tirar el dinero que gastamos en sus sueldos y demás dietas.
También puede ser que en la contabilidad, o en la pertinente partida de los Presupuestos, sea necesario incluir la gastronomía dentro de los activos inmateriales. En ese caso, de verdad que me gustaría ver las tablas de Hacienda para las amortizaciones aplicables.
De momento, y para salir de dudas, yo me largo a comer a Casa Portal y a cenar a Casa Hortensia; con esta terapia de choque, y tras comprobar que un lanzamiento de lata de fabada Litoral ejecutado con perfección y dirigido a la jeta del consejero de turno no sólo arranca gritos de dolor, sino que además es jurídicamente punible, por fin podré dormir tranquilo sabiendo que la fabada asturiana está a salvo. De momento.
¿Los de Antigourmet ya estaréis en http://www.bakespace.com/?