
Pandemolde transfigurado
Como decíamos ayer, el mundo está hecho un cagarro y algunos se han labrado un futuro sirviéndolo en platos cuadrados. Así que, dado que no nos gusta lo que vemos, nos hemos largado por ahí a recordar cómo eran los tiempos en nuestros años mozos; cómo eran Bohemia, Moravia, la Bucovina, la otra Galicia (eSedidió, cuéntanos qué relación hay, que nos intriga) y todos esos rincones que dejaron de existir poco después de que estirara la pata el marido de Sisí. Ahora volvemos de nuestra anábasis y, como nos sentimos derrotados, pasamos un Imperio de comentar las confesiones de Adriá, su destronamiento a manos del Restaurante de la Pradera ese que hay en Copenague, los restaurantes a ciegas o el sushi mediterráneo. Más nos apetecería glosar un titular como “Cantimpalos celebra dos años de chorizo con pedigrí“, pero si somos sinceros no tenemos redaños para leer la noticia que puede seguir a semejante encabezado. Aun así, bien por Cantimpalos. Y otro día publicaremos parte del poema épico dedicado al chorizo de Pamplona que pandemolde está escribiendo desde hace una vida.
Evidentemente, nada más poner los pies en Budapest nos fuimos a cenar al Marquis de Salade; un restaurante azerbaiyano con semejante nombre cumple todos los requisitos y alguno más para satisfacer al antigourmetita más exigente. Corderos de tamaño pleistocénico sumergidos en un baño de yogur, algún guisote servido a una temperatura volcánica y una ensalada de pepino, para disimular y porque en el fondo nos daba reparo no hacer honor al nombre del local, nos dejaron bien satisfechos. Ni rastro de fuá y tres hurras por el Marquis de Salade.

El gran rey Laszlo, ganándose la santidad
¡Ah, la Gran Hungría!. ¿Qué mejor que contemplar los frescos de la Iglesia de San Matías, donde no cabe un sólo rey santo más atravesando a un turco con una pica, justo antes de atizarse un canónico strogonoff acompañado de un gran vino tinto húngaro y todo servido por un camarero cuyo mejor recuerdo de España es el Loro Parque de Tenerife?. Volveremos. (El strogonoff y un estupendo guiso de venado en Pierrot; todo magnífico pero a precios imperiales).
En Praga el ambiente está más prostituido y si uno se empeña seguro que acaba encontrando un gastrobar. “Cerveza, Skoda and tourism, dats all we haf in dis countrrry”, nos dijeron. Modestia de la buena, aprende Pep, porque sólo la Catedral de San Vito es para caerse de culo. Para cenar, a U Fleku. ¿Por qué?. Porque lo nombran en “Las aventuras del buen soldado Svejk“, uno de los libros de cabecera de quien esto suscribe. También supimos de la existencia de un local llamado El Cáliz, pero dudamos que sea el original, el que aparece en el primer capítulo y cuyo tabernero es arrestado porque las moscas se cagaban en el retrato del Emperador. ¡Bien hecho!. En U Fleku tomarás salchichas, cerveza y Becherovka, un licor del que siendo muy generosos podríamos decir que su sabor recuerda a una loción de afeitar barata. Lo mejor: hay tantos españoles que los camareros ya tocan sin cesar y con ejemplar virtuosismo una versión para tres acordeones del “Clavelitos“. Puro antigourmet. Así, no es de extrañar que el recién llegado que se sentó junto a nosotros acompañado por su pareja, después de mirar a diestra y siniestra hacia los platos de pollo trinchado con puñales, hacia las jarras rebosantes de espumeante cerveza negra que eran hábilmente transportadas de diez en diez por encima de todas esas ibéricas cabezas, hacia el coro de acordeones y el espontáneo conjunto flamenco que se empezaba a formar entre las mesas corridas, exclamara al tiempo que se le dibujaba una expresión de felicidad extática en la cara:
- ¡Este sitio es cojonudo!
Aprende a montar un local, Arola.

Svejk, dándole un puntapié en el orto a Sergi Arola
Podíamos hoy hablar del tío ese que
Tras pagarle por anunciarnos lo bien que se come en un buque de guerra, los políticos vuelven a gastarse mi dinero en pagar al deprimente
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El año pasado en Zaragoza, un amigo nos soltó de resaca una charla sobre las virtudes de no tomar lácteos digna de un vendedor de crecepelo de película de vaqueros. Desde que había dejado los lácteos, ya no tenía granos, dormía bien, no le dolía nada, se cansaba menos haciendo deporte y era mucho más feliz. Vamos, parecía que acababa de operarse las tetas en 
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